El demacrado ennoblecimiento de las aptitudes humanas en busca de un sentido auténtico para sus destinos y virtudes, arraiga, de manera intempestiva, el desconsuelo desorbitado en las sociedades de hoy.
En un mundo globalizado, donde conviven a un mismo tiempo la democracia, la demagogia, la intolerancia, la izquierda, el neoliberalismo e incluso, hasta los defensores de la ecología, los derechos humanos y las etnias, la calidad humana pierde, contra natura, su excelsa sensibilidad por el enriquecimiento espiritual, intelectual y, más desafortunadamente, personal. En un mundo lleno de huecos humanísticos, de incongruencia entre pensamiento y acción, ¿qué puede aportar un poeta, qué puede, si no es qué debe hacer la poesía, la literatura, la figura del escritor y el filósofo como espectador incansable del desarrollo de los pueblos y sobre todo y no menos angustiante, qué les importa a ellos y cómo reciben, cada nuevo suceso de este mundo, en apariencia enfermo para unos y mejor que nunca para otros, aunque esto último sea lo más constante a través de todas las épocas? .
Sea como sea, el poeta y la poesía, el filosofo y la filosofía, el amante y el amor, cada día, con las siniestras especulaciones y la indiferencia intolerable de la gente en el poder, pierden, sin más, el carisma y la fuerza para afrontar los tiempos actuales. La tecnología alguna vez se vislumbraba como una posibilidad, pero con el paso de los días y el girar del mundo, parece que esta posibilidad también comienza a quedar relegada. ¿Por qué el hombre no puede permitir que el motor interactivo social y de convivencia sea el entendimiento, la lealtad, el engrandecimiento de los valores y la degradación de la tiranía? ¿Cómo puede persistir la política del “úselo y deséchelo”?.
La poesía, como bendición y exaltación de sentimientos y sucesos trascendentales de la humanidad, ha sido rebajada a cursilería y pérdida de tiempo. Nunca antes había existido tanto desprecio por la poesía como existe hoy. Ahora importa la sociedad y quienes la moldean, como publicistas, mercadologos, políticos y empresarios; ellos han provocado en las generaciones jóvenes el impulso y la necesidad de consumo. Vale más quién más consume. ¡Cómo hemos permitido que nos dirijan hasta aquí! Es insultante que cuando alguien mira que se lee un libro o se escribe un poema, exclame: “seguramente es algún desempleado” o “mira la peor forma de perder el tiempo”.
Cuando al final de cada año se leen las estadísticas de hábitos y costumbres sociales, es deprimente observar la cantidad de lectores y de libros leídos promedio. En fin. Mejor pasemos a la enunciación del tema central de este ensayo.
Dejando atrás la actitud y la exposición trágica sobre mi sentimiento actual sobre el estatus de la poesía, al igual que el de la filosofía, trataré de centrarme en algo más objetivo, que no menos real y cercano a las realidades que nos precedieron.
Cito a José Gorostiza:
“En mis días he oído hablar a menudo sobre cierta pretendida impopularidad de la poesía. Tal impopularidad suele atribuirse a diversas causas y, sobre todo, a una especie de enrarecimiento de la composición moderna, que la haría difícil de entender a personas desprovistas de fortuna literaria. Dudo si la poesía fue popular en otros tiempos, cuando el aeda cantaba las hazañas de los héroes en el banquete y Ulises se conmovía hasta las lágrimas oyendo relatar sus propios infortunios. La gente que se reunía en torno a la mesa –casi siempre la bien surtida mesa de la casa real- era sin lugar a duda gente de abolengo, que debió tener una responsabilidad principal por el culto de la poesía, puesto que ésta era, a un tiempo mismo, compendio de las tradiciones históricas y religiosas del pueblo y almáciga de todo humano saber.
En nuestro idioma, desde los días en que, fruto de una inmensa búsqueda en los papeles de la antigüedad clásica, el ‘mester de clerecía’ se cuela en el arte poético, la poesía se convierte en cosa de adiestramiento. El poeta nace, es verdad, pero una vez nacido, se hace. De esta manera, la poesía, como por lo demás todas las disciplinas artísticas o científicas de nuestro tiempo, pasa a ser objeto de los afanes de una minoría que la crea o que, simplemente, posee preparación para disfrutar de sus placeres.
Nada de anormal encontramos en esto; pero en el caso especial de la poesía sucede que su vehículo, el lenguaje, es también instrumento corriente de comunicación entre los hombres, y mientras cualquier persona sensata estaría dispuesta a reconocer que no pinta, le sería difícil admitir o siquiera pensar (si puede hacerlo) que no habla. Hay quienes, dueños de una cultura general respetable, que dicen gustar del último Strawinsky o preferir al primer Dalí o, aún mejor, que confiesan no interesarse en entenderlos, cuando se les coloca frente a una obra maestra de la poesía –si no la entienden- sienten su propia deficiencia como un insulto personal del autor. ¡Superchería! ¿Cómo se puede engañarlos, a ellos, con palabras?” (“Notas sobre poesía”. México en la cultura, Núm. 315. México, 3 de abril 1955).
La cita es muy conciliadora. Deja a un lado las cuestiones románticas sobre el sentimiento de esa “impopularidad de la poesía”. Aunque, como es obvio, los detalles generales están bien sentados. Y la moraleja que se desprende radica en que desde las épocas griegas, el arte con todas sus disciplinas, ha sido plenamente elitista; es difícil provocar gusto por la lectura poética, mayormente a su ejercicio, a un campesino o un obrero que no puede dormir durante días enteros debido a la preocupación de que su salario es insuficiente para sostener a su familia; es más, sin tener que recurrir a extremos tan bochornosos de nuestra sociedad, veamos la situación de un empleado oficinista de mediana clase. Tal vez tenga ingresos suficientes para sostener a su familia, e incluso pueda acceder fácilmente a comprar libros y bañarse con lecturas de grandes obras. Pero, si el trabajo mismo lo obliga a permanecer entre ocho y doce horas dentro de una oficina durante cinco días, y los dos restantes los reclama con justa razón su familia, cuando no los permanece también en aquél aposento laboral, ¿cómo puede tener tiempo de leer cuando ya no de escribir?.
Resulta pues, debido al ritmo de vida social que se nos ha impuesto, bastante complicado recurrir a la poesía. Pero esto nos lleva sin remedio a otra valoración de sentido ético social:
¿Dónde radica entonces la solución a estos imponderables de hoy? La respuesta, difícil por demás de conocerse, nace en nuestras voluntades cuando reparamos en la existencia propia, y se va perdiendo, muriendo, conforme nos vamos enterando, para nuestra inconcebible desgracia, del mundo en que hemos nacido. Esto quiere decir, que si desde nuestra educación sólo tenemos lecciones sobre aspectos irrelevantes, después de haber aprendido a leer y a escribir y si sólo vemos y escuchamos en los hogares, en la comunidad, en los medios de comunicación, y prácticamente en todos lados, incitaciones consumistas, sexuales, sociales, diversiones esquizofrénicas, problemas políticos, crimen y tormentosos programas televisivos y de radio, y en fin, todo lo que vale poco la pena, ¿cómo puede nacer en el alma de cualquier individuo la necesidad de crear y leer y escribir y sobre todo de existir? .
Y peor aún, si en las escuelas de niveles universitarios, poco o nada se enseña con respecto a la poesía o al arte ¿cómo podría pretenderse crear una comunidad de gente capaz de aceptar a los pocos detractores de un sistema social tan corrupto, mismos que se suscriben a la tradición poética, en la mayor de las veces, a como su sola razón les da a entender? .
Ahí radica entonces, la poca capacidad técnica de que la mayoría de estos poetas adolece. Y por ende, la poca aceptación del público. Y por ende, la impopularidad que citábamos líneas atrás.
Así que... la responsabilidad de los poetas de hoy es comprender y aprender la técnica poética; asistiendo a talleres, escribiendo, leyendo: la técnica de los clásicos, de los buenos contemporáneos y de ellos mismos.
El problema también incumbe a otros aspectos. A este respecto, debemos mencionar un detalle que podría exaltar algunos alter egos, y principalmente a corrientes de poetas actuales que hunden la poca reputación que le queda a las letras.
La poesía ha sido, a través de la historia, un medio de expresión artística y emotividad incesante, tomando como base muchos recursos, que van, desde la narración de eventos heroicos, hasta las historias de amor más bellas de todas la épocas, pasando por estados de ánimo, cantos a los astros, a la vida, a la mujer, a la naturaleza, en fin, prácticamente a todo lo habido en la Tierra. Pero esto se ha hecho siempre con lo mencionado líneas atrás: Técnica.
Cuando a finales del siglo XIX, Charles Baudelaire aclaró que la poesía podía escribirse libremente y sin métricas restrictivas, olvidó, tal vez, aclarar que se puede siempre que la técnica esté presente. Y la muestra es que no es posible imaginar siquiera alguno de sus poemas en prosa sin esa técnica excelsa de parte del poeta francés.
Así que hoy encontramos que cualquier persona, en cualquier momento, es capaz de hilvanar frases en forma de verso, sin calidad alguna, pero que considera poemas. Es necesario que los poetas de hoy, los que van formando el camino de la poesía, depuren y agranden la calidad de sus textos, puesto que estas prácticas establecen una relación directa con la crisis de la aceptación poética.
Y dentro de esa responsabilidad, dura y por demás deprimente, se debe tomar la elocuencia poética como antídoto para redimir el talento y el vacío en que estamos. Los poetas de hoy y mañana deben, sin más, aprender a mostrar muchas imágenes, en pocas palabras :
El futuro de la poesía es duro. Pero también sabemos que el futuro de la humanidad lo será.
En un mundo globalizado, donde conviven a un mismo tiempo la democracia, la demagogia, la intolerancia, la izquierda, el neoliberalismo e incluso, hasta los defensores de la ecología, los derechos humanos y las etnias, la calidad humana pierde, contra natura, su excelsa sensibilidad por el enriquecimiento espiritual, intelectual y, más desafortunadamente, personal. En un mundo lleno de huecos humanísticos, de incongruencia entre pensamiento y acción, ¿qué puede aportar un poeta, qué puede, si no es qué debe hacer la poesía, la literatura, la figura del escritor y el filósofo como espectador incansable del desarrollo de los pueblos y sobre todo y no menos angustiante, qué les importa a ellos y cómo reciben, cada nuevo suceso de este mundo, en apariencia enfermo para unos y mejor que nunca para otros, aunque esto último sea lo más constante a través de todas las épocas? .
Sea como sea, el poeta y la poesía, el filosofo y la filosofía, el amante y el amor, cada día, con las siniestras especulaciones y la indiferencia intolerable de la gente en el poder, pierden, sin más, el carisma y la fuerza para afrontar los tiempos actuales. La tecnología alguna vez se vislumbraba como una posibilidad, pero con el paso de los días y el girar del mundo, parece que esta posibilidad también comienza a quedar relegada. ¿Por qué el hombre no puede permitir que el motor interactivo social y de convivencia sea el entendimiento, la lealtad, el engrandecimiento de los valores y la degradación de la tiranía? ¿Cómo puede persistir la política del “úselo y deséchelo”?.
La poesía, como bendición y exaltación de sentimientos y sucesos trascendentales de la humanidad, ha sido rebajada a cursilería y pérdida de tiempo. Nunca antes había existido tanto desprecio por la poesía como existe hoy. Ahora importa la sociedad y quienes la moldean, como publicistas, mercadologos, políticos y empresarios; ellos han provocado en las generaciones jóvenes el impulso y la necesidad de consumo. Vale más quién más consume. ¡Cómo hemos permitido que nos dirijan hasta aquí! Es insultante que cuando alguien mira que se lee un libro o se escribe un poema, exclame: “seguramente es algún desempleado” o “mira la peor forma de perder el tiempo”.
Cuando al final de cada año se leen las estadísticas de hábitos y costumbres sociales, es deprimente observar la cantidad de lectores y de libros leídos promedio. En fin. Mejor pasemos a la enunciación del tema central de este ensayo.
Dejando atrás la actitud y la exposición trágica sobre mi sentimiento actual sobre el estatus de la poesía, al igual que el de la filosofía, trataré de centrarme en algo más objetivo, que no menos real y cercano a las realidades que nos precedieron.
Cito a José Gorostiza:
“En mis días he oído hablar a menudo sobre cierta pretendida impopularidad de la poesía. Tal impopularidad suele atribuirse a diversas causas y, sobre todo, a una especie de enrarecimiento de la composición moderna, que la haría difícil de entender a personas desprovistas de fortuna literaria. Dudo si la poesía fue popular en otros tiempos, cuando el aeda cantaba las hazañas de los héroes en el banquete y Ulises se conmovía hasta las lágrimas oyendo relatar sus propios infortunios. La gente que se reunía en torno a la mesa –casi siempre la bien surtida mesa de la casa real- era sin lugar a duda gente de abolengo, que debió tener una responsabilidad principal por el culto de la poesía, puesto que ésta era, a un tiempo mismo, compendio de las tradiciones históricas y religiosas del pueblo y almáciga de todo humano saber.
En nuestro idioma, desde los días en que, fruto de una inmensa búsqueda en los papeles de la antigüedad clásica, el ‘mester de clerecía’ se cuela en el arte poético, la poesía se convierte en cosa de adiestramiento. El poeta nace, es verdad, pero una vez nacido, se hace. De esta manera, la poesía, como por lo demás todas las disciplinas artísticas o científicas de nuestro tiempo, pasa a ser objeto de los afanes de una minoría que la crea o que, simplemente, posee preparación para disfrutar de sus placeres.
Nada de anormal encontramos en esto; pero en el caso especial de la poesía sucede que su vehículo, el lenguaje, es también instrumento corriente de comunicación entre los hombres, y mientras cualquier persona sensata estaría dispuesta a reconocer que no pinta, le sería difícil admitir o siquiera pensar (si puede hacerlo) que no habla. Hay quienes, dueños de una cultura general respetable, que dicen gustar del último Strawinsky o preferir al primer Dalí o, aún mejor, que confiesan no interesarse en entenderlos, cuando se les coloca frente a una obra maestra de la poesía –si no la entienden- sienten su propia deficiencia como un insulto personal del autor. ¡Superchería! ¿Cómo se puede engañarlos, a ellos, con palabras?” (“Notas sobre poesía”. México en la cultura, Núm. 315. México, 3 de abril 1955).
La cita es muy conciliadora. Deja a un lado las cuestiones románticas sobre el sentimiento de esa “impopularidad de la poesía”. Aunque, como es obvio, los detalles generales están bien sentados. Y la moraleja que se desprende radica en que desde las épocas griegas, el arte con todas sus disciplinas, ha sido plenamente elitista; es difícil provocar gusto por la lectura poética, mayormente a su ejercicio, a un campesino o un obrero que no puede dormir durante días enteros debido a la preocupación de que su salario es insuficiente para sostener a su familia; es más, sin tener que recurrir a extremos tan bochornosos de nuestra sociedad, veamos la situación de un empleado oficinista de mediana clase. Tal vez tenga ingresos suficientes para sostener a su familia, e incluso pueda acceder fácilmente a comprar libros y bañarse con lecturas de grandes obras. Pero, si el trabajo mismo lo obliga a permanecer entre ocho y doce horas dentro de una oficina durante cinco días, y los dos restantes los reclama con justa razón su familia, cuando no los permanece también en aquél aposento laboral, ¿cómo puede tener tiempo de leer cuando ya no de escribir?.
Resulta pues, debido al ritmo de vida social que se nos ha impuesto, bastante complicado recurrir a la poesía. Pero esto nos lleva sin remedio a otra valoración de sentido ético social:
¿Dónde radica entonces la solución a estos imponderables de hoy? La respuesta, difícil por demás de conocerse, nace en nuestras voluntades cuando reparamos en la existencia propia, y se va perdiendo, muriendo, conforme nos vamos enterando, para nuestra inconcebible desgracia, del mundo en que hemos nacido. Esto quiere decir, que si desde nuestra educación sólo tenemos lecciones sobre aspectos irrelevantes, después de haber aprendido a leer y a escribir y si sólo vemos y escuchamos en los hogares, en la comunidad, en los medios de comunicación, y prácticamente en todos lados, incitaciones consumistas, sexuales, sociales, diversiones esquizofrénicas, problemas políticos, crimen y tormentosos programas televisivos y de radio, y en fin, todo lo que vale poco la pena, ¿cómo puede nacer en el alma de cualquier individuo la necesidad de crear y leer y escribir y sobre todo de existir? .
Y peor aún, si en las escuelas de niveles universitarios, poco o nada se enseña con respecto a la poesía o al arte ¿cómo podría pretenderse crear una comunidad de gente capaz de aceptar a los pocos detractores de un sistema social tan corrupto, mismos que se suscriben a la tradición poética, en la mayor de las veces, a como su sola razón les da a entender? .
Ahí radica entonces, la poca capacidad técnica de que la mayoría de estos poetas adolece. Y por ende, la poca aceptación del público. Y por ende, la impopularidad que citábamos líneas atrás.
Así que... la responsabilidad de los poetas de hoy es comprender y aprender la técnica poética; asistiendo a talleres, escribiendo, leyendo: la técnica de los clásicos, de los buenos contemporáneos y de ellos mismos.
El problema también incumbe a otros aspectos. A este respecto, debemos mencionar un detalle que podría exaltar algunos alter egos, y principalmente a corrientes de poetas actuales que hunden la poca reputación que le queda a las letras.
La poesía ha sido, a través de la historia, un medio de expresión artística y emotividad incesante, tomando como base muchos recursos, que van, desde la narración de eventos heroicos, hasta las historias de amor más bellas de todas la épocas, pasando por estados de ánimo, cantos a los astros, a la vida, a la mujer, a la naturaleza, en fin, prácticamente a todo lo habido en la Tierra. Pero esto se ha hecho siempre con lo mencionado líneas atrás: Técnica.
Cuando a finales del siglo XIX, Charles Baudelaire aclaró que la poesía podía escribirse libremente y sin métricas restrictivas, olvidó, tal vez, aclarar que se puede siempre que la técnica esté presente. Y la muestra es que no es posible imaginar siquiera alguno de sus poemas en prosa sin esa técnica excelsa de parte del poeta francés.
Así que hoy encontramos que cualquier persona, en cualquier momento, es capaz de hilvanar frases en forma de verso, sin calidad alguna, pero que considera poemas. Es necesario que los poetas de hoy, los que van formando el camino de la poesía, depuren y agranden la calidad de sus textos, puesto que estas prácticas establecen una relación directa con la crisis de la aceptación poética.
Y dentro de esa responsabilidad, dura y por demás deprimente, se debe tomar la elocuencia poética como antídoto para redimir el talento y el vacío en que estamos. Los poetas de hoy y mañana deben, sin más, aprender a mostrar muchas imágenes, en pocas palabras :
El futuro de la poesía es duro. Pero también sabemos que el futuro de la humanidad lo será.
Armando Ortiz (México)




