Mientras jugabamos en el playón, una gaviota rozó el ala derecha en un cable y se vino a tierra. La gaviota llegó gimiendo a las manos de Elisa.
Tan pronto como yo la recibí nos fuimos trotando a casa. Pero mamá no estaba. Elisa llamé al vecino y él le aplicó un poco de limón y le recortó las alas.
Desde ese día anduvimos haciéndole cercados en el patio. Y cuando íbamos a lavar la llevábamos en un caja de cartón. La represa no quedaba lejos. Pues la casa era la penúltima del barrio. Después empezaban los alambres y hacia el otro lado las huertas.
Cierto día regresamos del pozo casi a las dos de la tarde y el fogón estaba apagado. Mamá salía muy temprano a vender cigarrillos en las esquinas de los semáforos. Nosotros nos quedábamos haciendo oficios. Así que, como no había nada en los platos, asamos almendras de marañón que encontramos en el camino. "¿Sabes qué?" le dije a Elisa "estas pepas están muy grandes para la gaviota". Ella no desprendió los labios. Estábamos tirados en el piso en la puerta de la cocina. El resplandor de la lumbre le encendía el rostro. Luego la leña se iba consumiendo y retornaba la palidez. La gaviota estuvo curucuteando la semilla por el suelo como si tratara de romper la cáscara de huevo.
"Elisa, ¿sabes qué? " le volví a decir, "¿qué?" "Yo quiero que tú te llames Gaviota" "¿Por qué?" "Porque las gaviotas son bellas". No volví a llamarla Elisa. Gaviota llevaba la piel tostada por el sol del lavadero. Era alta como palmera y tenía las manos suaves.
Cuando comíamos apartábamos algunos granos de arroz para la gaviota.
Una mañana mamá nos dijo:" como anden todo el día jugando con ese animal no les dejaré arroz ni manteca". Al día siguiente fuimos a la represa.
Gaviota llevaba una falda corta y separada de la blusa que le dejaba ver el ombligo. Yo cargaba, en el bolsillo, un anzuelo. El sol achicharraba las hojas y la arena se había recalentado.
De manera que, al llegar, introducíamos los pies en el fango. En la represa estaba prohibido pescar. Yo veía nadar los pececillos debajo de las taruyas. Mientras Gaviota fregaba la ropa tiré el anzuelo y saqué un barbudo. La gaviota lo engulló sin dificultad. Pero de pronto vimos al capataz de la finca que corría con la escopeta en la mano por la orilla opuesta del barranco: "¡Muchacho!, me gritó, como vuelvas a tirar el anzuelo, le abriré el buche a ese pajarraco que tienes allí".
"Por qué no me lo abre a mí" le repuse y pegué a correr. El hombre apuntó y yo rodé entre la hierba. Gaviota corría detrás de mí con la batea en la cabeza pero fue apenas el susto.
Cuando caía el día fuimos por charamuscas. La luz se teñía de ladrillo sobre el pajonal. El viento se agitaba y el murmullo de la cuidad se presentaba más rápido. A veces se venía el pito de los carros. No se veía nube matando el final de la tarde. Pasamos la alambrada. El hombre de la escopeta no estaba. Trajimos a casa un tronco seco de trébol y posamos la gaviota sobre las ramas.
Ese otro día desapareció. Anduvimos buscándola por las cercas y los patios aledaños. En los árboles y en la maleza y en la basura que traían los camiones del centro. El vecino no permitió pasar la cerca. Dos veces nos amenazó con Moncho. Insistí y finalmente me colé. En la cocina encontré una olla de barro que hervía sobre tres piedras. Debajo de la hornilla estaba la gaviota con las patas enredadas en majagua. Cuando la saqué me advirtió: "Abran el ojo con Mocho que está que se la devora". Yo estuve pendiente, con la cauchera, de los movimientos del animal. Mas descubrí que sólo se alimentaba de lagartijas y murciélagos. Nosotros a veces jugábamos en casa. Gaviota se escondía debajo de la mesa. En el comedor le dije:"Gaviota, tú puedes ser mi novia". "Los primos no se pueden enamorar" me dijo. "Nosotros no somos primos" le repuse. "Somos primos de crianza" dijo ella. "Eso quiere decir que no lo somos". Le había mirado fijamente a los ojos. Sus ojos eran gachos y se parecían a los de la gaviota. La gaviota estuvo somnolienta esperando que le arrojásemos granos. Pero ese día no había nada en los platos. A mamá la policía le había decomisado dos cartones de cigarrillo. Así que sólo asamos unas cuantas almendras. El vecino se acercó a las puntas del corral y nos propuso: "¿qué tal un buen guiso de gaviota?" "Todavía nos queda arroz" le dije. El viejo vivía solitario sembrando hortalizas en el patio. Este año el verano se las había resecado. Y, como pájaro salvaje, maldecía todo el día.
Aquella idea del viejo también se le ocurrió a mamá. Se desesperaba cuando no había para nosotros. Yo salí con la cauchera y el anzuelo. Desde lejos vi al hombre que paseaba con la escopeta. Volví con las manos vacías. Gaviota me esperó en la puerta: "¿No traes nada?" "Hambre" le dije. "Yo podría salir a trabajar" me dijo. "En el centro no hay trabajo". "Entonces, a otra ciudad". "¿De qué trabajarás?" le pregunté. "De secretaria, tú dices que soy bonita como las gaviotas". "Sí, pero no sabes escribir y quien no sabe escribir es como el que no tiene alas". "Como nuestra gaviota" agregó ella. Luego, con una mirada relámpago, le descubrí el color de los ojos y, sin tregua, se escondió debajo de la mesa.
Llegaron las horas de bochorno de aquel día y mientras Gaviota se recogía el pelo en la sala yo me distraía amarrando los hilos de la cometa. El animalito quería romper la pared con el pico. Gaviota miró a mamá quien barría y le dijo: "si mañana no hay comida me iré a trabajar". "Y, ¿qué conseguirás?". "Comida" dijo Gaviota. "Y, tal vez, un hijo" agregó mamá. Pensé que yo debería hacer algo y que más tarde aquel niño sería mío. Aproveché un descuido de mamá para decirle a Gaviota: "Yo puedo trabajar por ti". "Tú estás muy biche" contestó. Se entretenía examinando las plumas de la gaviota. Esperó que mamá volviera a entrar para decirle: "Ayer estuvo un matrimonio en el barrio buscando sirvienta". "¿Para dónde?" "No sé, para afuera." "¿Cuánto pagan?" preguntó la viaja. "Más o menos lo que vale un para de zapatos y una caja de pañuelos" dijo Gaviota. "Y después te embolatan y, a lo mejor, te ganas un muchacho como las del vecino". "Entonces, ¿me voy?" preguntó Gaviota. "Sin mi permiso no". Gaviota rompió a llorar. Mamá estaba lívida: "Maldita pobreza " dijo entre sollozos. La gaviota seguía buscando qué comer. Yo hice, sin que lo notaran, un lío con la otra muda de ropa y le confesé a Gaviota: "Mañana me iré. Te mandaré para la comida y cuando tenga ahorrado vendré por ti y los hijos que dice tu mamá serás míos". No contestó. Nos acostamos en silencio.
Yo pensando adónde encontrar trabajo. Ella en su cuarto, me estuvo arrojando pepas. Atisbé sus pasos en la penumbra al vaivén lento de la hamaca. La angustia espantó el sueño y la noche se fue alargando casi hasta la madrugada. Un olor a pluma quemada se soltó de los rincones. Sentí frío y hambre y fui perdiendo la silueta de Gaviota. Al día siguiente, antes que yo decidiera salir y después que mamá se fuera a vender cigarrillos, un Renó anaranjado recogió a Gaviota. Yo corrí pegado a las ruedas del carro gritándole: "Gaviota , no te vayas sin permiso de mamá". "Gaviota no te vayas sin permiso de mamá". Al regresar, cabizbajo a casa, fácilmente pude divisar el impulso que, en el aire, tomaba aquel ave persiguiendo una bandada de compañeras. Pero al segundo intento vi que un extraño perro en la calle se la comía. Desde entonces empecé a esperar el hijo de Gaviota.
Tan pronto como yo la recibí nos fuimos trotando a casa. Pero mamá no estaba. Elisa llamé al vecino y él le aplicó un poco de limón y le recortó las alas.
Desde ese día anduvimos haciéndole cercados en el patio. Y cuando íbamos a lavar la llevábamos en un caja de cartón. La represa no quedaba lejos. Pues la casa era la penúltima del barrio. Después empezaban los alambres y hacia el otro lado las huertas.
Cierto día regresamos del pozo casi a las dos de la tarde y el fogón estaba apagado. Mamá salía muy temprano a vender cigarrillos en las esquinas de los semáforos. Nosotros nos quedábamos haciendo oficios. Así que, como no había nada en los platos, asamos almendras de marañón que encontramos en el camino. "¿Sabes qué?" le dije a Elisa "estas pepas están muy grandes para la gaviota". Ella no desprendió los labios. Estábamos tirados en el piso en la puerta de la cocina. El resplandor de la lumbre le encendía el rostro. Luego la leña se iba consumiendo y retornaba la palidez. La gaviota estuvo curucuteando la semilla por el suelo como si tratara de romper la cáscara de huevo.
"Elisa, ¿sabes qué? " le volví a decir, "¿qué?" "Yo quiero que tú te llames Gaviota" "¿Por qué?" "Porque las gaviotas son bellas". No volví a llamarla Elisa. Gaviota llevaba la piel tostada por el sol del lavadero. Era alta como palmera y tenía las manos suaves.
Cuando comíamos apartábamos algunos granos de arroz para la gaviota.
Una mañana mamá nos dijo:" como anden todo el día jugando con ese animal no les dejaré arroz ni manteca". Al día siguiente fuimos a la represa.
Gaviota llevaba una falda corta y separada de la blusa que le dejaba ver el ombligo. Yo cargaba, en el bolsillo, un anzuelo. El sol achicharraba las hojas y la arena se había recalentado.
De manera que, al llegar, introducíamos los pies en el fango. En la represa estaba prohibido pescar. Yo veía nadar los pececillos debajo de las taruyas. Mientras Gaviota fregaba la ropa tiré el anzuelo y saqué un barbudo. La gaviota lo engulló sin dificultad. Pero de pronto vimos al capataz de la finca que corría con la escopeta en la mano por la orilla opuesta del barranco: "¡Muchacho!, me gritó, como vuelvas a tirar el anzuelo, le abriré el buche a ese pajarraco que tienes allí".
"Por qué no me lo abre a mí" le repuse y pegué a correr. El hombre apuntó y yo rodé entre la hierba. Gaviota corría detrás de mí con la batea en la cabeza pero fue apenas el susto.
Cuando caía el día fuimos por charamuscas. La luz se teñía de ladrillo sobre el pajonal. El viento se agitaba y el murmullo de la cuidad se presentaba más rápido. A veces se venía el pito de los carros. No se veía nube matando el final de la tarde. Pasamos la alambrada. El hombre de la escopeta no estaba. Trajimos a casa un tronco seco de trébol y posamos la gaviota sobre las ramas.
Ese otro día desapareció. Anduvimos buscándola por las cercas y los patios aledaños. En los árboles y en la maleza y en la basura que traían los camiones del centro. El vecino no permitió pasar la cerca. Dos veces nos amenazó con Moncho. Insistí y finalmente me colé. En la cocina encontré una olla de barro que hervía sobre tres piedras. Debajo de la hornilla estaba la gaviota con las patas enredadas en majagua. Cuando la saqué me advirtió: "Abran el ojo con Mocho que está que se la devora". Yo estuve pendiente, con la cauchera, de los movimientos del animal. Mas descubrí que sólo se alimentaba de lagartijas y murciélagos. Nosotros a veces jugábamos en casa. Gaviota se escondía debajo de la mesa. En el comedor le dije:"Gaviota, tú puedes ser mi novia". "Los primos no se pueden enamorar" me dijo. "Nosotros no somos primos" le repuse. "Somos primos de crianza" dijo ella. "Eso quiere decir que no lo somos". Le había mirado fijamente a los ojos. Sus ojos eran gachos y se parecían a los de la gaviota. La gaviota estuvo somnolienta esperando que le arrojásemos granos. Pero ese día no había nada en los platos. A mamá la policía le había decomisado dos cartones de cigarrillo. Así que sólo asamos unas cuantas almendras. El vecino se acercó a las puntas del corral y nos propuso: "¿qué tal un buen guiso de gaviota?" "Todavía nos queda arroz" le dije. El viejo vivía solitario sembrando hortalizas en el patio. Este año el verano se las había resecado. Y, como pájaro salvaje, maldecía todo el día.
Aquella idea del viejo también se le ocurrió a mamá. Se desesperaba cuando no había para nosotros. Yo salí con la cauchera y el anzuelo. Desde lejos vi al hombre que paseaba con la escopeta. Volví con las manos vacías. Gaviota me esperó en la puerta: "¿No traes nada?" "Hambre" le dije. "Yo podría salir a trabajar" me dijo. "En el centro no hay trabajo". "Entonces, a otra ciudad". "¿De qué trabajarás?" le pregunté. "De secretaria, tú dices que soy bonita como las gaviotas". "Sí, pero no sabes escribir y quien no sabe escribir es como el que no tiene alas". "Como nuestra gaviota" agregó ella. Luego, con una mirada relámpago, le descubrí el color de los ojos y, sin tregua, se escondió debajo de la mesa.
Llegaron las horas de bochorno de aquel día y mientras Gaviota se recogía el pelo en la sala yo me distraía amarrando los hilos de la cometa. El animalito quería romper la pared con el pico. Gaviota miró a mamá quien barría y le dijo: "si mañana no hay comida me iré a trabajar". "Y, ¿qué conseguirás?". "Comida" dijo Gaviota. "Y, tal vez, un hijo" agregó mamá. Pensé que yo debería hacer algo y que más tarde aquel niño sería mío. Aproveché un descuido de mamá para decirle a Gaviota: "Yo puedo trabajar por ti". "Tú estás muy biche" contestó. Se entretenía examinando las plumas de la gaviota. Esperó que mamá volviera a entrar para decirle: "Ayer estuvo un matrimonio en el barrio buscando sirvienta". "¿Para dónde?" "No sé, para afuera." "¿Cuánto pagan?" preguntó la viaja. "Más o menos lo que vale un para de zapatos y una caja de pañuelos" dijo Gaviota. "Y después te embolatan y, a lo mejor, te ganas un muchacho como las del vecino". "Entonces, ¿me voy?" preguntó Gaviota. "Sin mi permiso no". Gaviota rompió a llorar. Mamá estaba lívida: "Maldita pobreza " dijo entre sollozos. La gaviota seguía buscando qué comer. Yo hice, sin que lo notaran, un lío con la otra muda de ropa y le confesé a Gaviota: "Mañana me iré. Te mandaré para la comida y cuando tenga ahorrado vendré por ti y los hijos que dice tu mamá serás míos". No contestó. Nos acostamos en silencio.
Yo pensando adónde encontrar trabajo. Ella en su cuarto, me estuvo arrojando pepas. Atisbé sus pasos en la penumbra al vaivén lento de la hamaca. La angustia espantó el sueño y la noche se fue alargando casi hasta la madrugada. Un olor a pluma quemada se soltó de los rincones. Sentí frío y hambre y fui perdiendo la silueta de Gaviota. Al día siguiente, antes que yo decidiera salir y después que mamá se fuera a vender cigarrillos, un Renó anaranjado recogió a Gaviota. Yo corrí pegado a las ruedas del carro gritándole: "Gaviota , no te vayas sin permiso de mamá". "Gaviota no te vayas sin permiso de mamá". Al regresar, cabizbajo a casa, fácilmente pude divisar el impulso que, en el aire, tomaba aquel ave persiguiendo una bandada de compañeras. Pero al segundo intento vi que un extraño perro en la calle se la comía. Desde entonces empecé a esperar el hijo de Gaviota.
Andrés Elías Flórez Brum
(Colombia)
(Colombia)



