- ¿Cómo "horadar"? -, preguntó ella.
- Es tan fácil como amar -, respondió él. - Van de la mano. Veamos en el pizarrón: "Te amo, te horado". "Me amas, me horadas". "Juan ama, y horada". "Julia horada cuando ama". "Horadamos cuando amamos". "Los que aman, horadan".
Ella sonrió con agradecimiento malicioso (era una mujer inteligente y el profesor supuso que habría comprendido la lección). Cerró su cuaderno de apuntes, y con una sonrisa de carmín recién humedecido se despidió de su profesor de lengua, dejando en la mesa un vasito de unisel vacío, con asientos de café, único testigo de aquella conversación.
"Un testigo vacío. El vacío como testigo."
- Es simple -, le dijo el profesor cuando ella le dio la espalda y se alejó, dejando tras de sí una estela húmeda de caribe que él había aprendido a reconocer de entre los demás -, horadar y amar se conjugan igual: ambos son verbos regulares con la misma terminación "ar".
Ya solo, introdujo sus verbos en el portafolios y salió a la noche. La calle mojada por la lluvia multiplicaba los verdes, rojos y amarillos de los semáforos, convirtiendo el suelo en un cielo de fuegos artificiales.
De pronto, su ánimo se ensombreció: ¿Sabría ella conjugar el verbo amar?
Y se encaminó hacia la estación del metro como lo hacía todas las noches otoñales, evitando pisar los charcos que solían convertir en trampas los adoquines de algunas de las calles de su ciudad, de sus caminos, de su cotidianidad.
Pero esta vez no iba solo. Lo acompañó hasta la cama la inquietante imagen de aquella alumna, horadando sin saber amar.
- Es tan fácil como amar -, respondió él. - Van de la mano. Veamos en el pizarrón: "Te amo, te horado". "Me amas, me horadas". "Juan ama, y horada". "Julia horada cuando ama". "Horadamos cuando amamos". "Los que aman, horadan".
Ella sonrió con agradecimiento malicioso (era una mujer inteligente y el profesor supuso que habría comprendido la lección). Cerró su cuaderno de apuntes, y con una sonrisa de carmín recién humedecido se despidió de su profesor de lengua, dejando en la mesa un vasito de unisel vacío, con asientos de café, único testigo de aquella conversación.
"Un testigo vacío. El vacío como testigo."
- Es simple -, le dijo el profesor cuando ella le dio la espalda y se alejó, dejando tras de sí una estela húmeda de caribe que él había aprendido a reconocer de entre los demás -, horadar y amar se conjugan igual: ambos son verbos regulares con la misma terminación "ar".
Ya solo, introdujo sus verbos en el portafolios y salió a la noche. La calle mojada por la lluvia multiplicaba los verdes, rojos y amarillos de los semáforos, convirtiendo el suelo en un cielo de fuegos artificiales.
De pronto, su ánimo se ensombreció: ¿Sabría ella conjugar el verbo amar?
Y se encaminó hacia la estación del metro como lo hacía todas las noches otoñales, evitando pisar los charcos que solían convertir en trampas los adoquines de algunas de las calles de su ciudad, de sus caminos, de su cotidianidad.
Pero esta vez no iba solo. Lo acompañó hasta la cama la inquietante imagen de aquella alumna, horadando sin saber amar.
Fernando Acevedo
(México)




