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Home Castillete de proa La conciencia

La conciencia

 
Seguramente todo había sido preparado con mucha anticipación, -pensaba-, era imposible que lo que le estaba sucediendo fuese el resultado de la casualidad.

Se encontraba en pleno bosque, rodeado de extraños personajes que danzaban junto a él, tomándolo por las manos en una extraña ronda casi hipnótica; las voces parecían un raro mugido y al escucharlas, su vientre se contraía como si estuviese a punto de estallar: "Aummmmm, Aummmmm, Aummmmm".

No sentía miedo; lo que estaba sucediendo era ajeno, como si no le perteneciera y al mismo tiempo formara parte de él.

El sonido tocaba violentamente su centro sexual; parecía que al subir a lo largo de la propia columna golpease cada una de sus células, transformándolas, provocando su vibración en una danza cuyo fin fuese el de mover algo internamente. Por qué?. Con que fin?. Qué debía mover?.

Lentamente, las imágenes empezaron a tomar formas precisas, casi violentas ; el personaje que estaba a su derecha era una mujer de edad incierta; piel increíblemente blanca, como si jamás hubiese sido expuesta al sol, sus ojos eran claros, su mirada firme, profunda y sapiente, denotaba haber visto durante siglos todo aquello que un ser humano debe saber para poder madurar y alejarse así del propio ego.

Infinitamente conciente de la propia estatura, de su compasión, de su propia vulnerabilidad, de quién esta segura de respirar cada segundo con la intensidad de un ser vital ; sin importarle morir, porque está cierta de haber vivido.

A su izquierda, un hombre de casi 50 años, rasgos definidos, piel oscura, un pendiente en su oreja derecha, vestido con una túnica blanca de algodón, ceñida por un cinturón del mismo material de color naranja, para señal su jerarquía. Las otras personas del círculo representaban una masa heterogénea, uno de ellos con típicos rasgos neandertalianos, cuya voz se destacaba por la concentración y su profunda intensidad.

Era un cuadro que en otra ocasión le hubiese parecido cómico, motivo de hilaridad. Como ver un enorme chimpancé que danzaba imitando un ser humano, pero sus movimientos estaban llenos de gracia, armonía, serenidad y participación.

Más allá danzaba un sacerdote egipcio, un maya, un azteca. Todos eran personajes que había visto tantas veces dibujadas en frescos, en pirámides, en pinturas primitivas, en las murallas de Nínive, de Chichen Itza y Tenochtitlán.

Lentamente los recuerdos empezaron a tomar forma en su mente.

Todo había empezado en la comunidad, cuando con presunción de saber, de querer demostrar, de hacer ver cuánto había progresado, de su elevación, se había puesto de acuerdo con sus amigos para efectuar un experimento, -lo llamó él-, que los llevaría a conocer un estado mental diferente ; elevandolos en la propia espiritualidad, dándoles serenidad con completa conciencia de lo que sucedería.

No lograba entender que la serenidad no necesita de una voz, es un grito prepotentemente silencioso del propio cuerpo.

Habían empezado a danzar en círculo repitiendo el mantra : "Aummmmm, Aummmmm"…

Después de 15 minutos todos se sentaron; siempre formando un círculo, respirando profundamente con la boca relajada; conservando el respiro por casi 30 segundos, luego expirando muy lentamente, conservando los pulmones vacíos por el mismo período de tiempo. La sensación era de enorme potencia.

Les parecía estar en la cumbre de una montaña. Uno del grupo sacó del propio bolsillo un poco de marihuana, "es colombiana" -dijo-, me la trajeron algunos amigos que lograron pasarla en medio de calcetines sucios, sin que en la aduana se dieran cuenta. Liaron un "porrito" y lo encendieron; inmediatamente en la habitación se difundió un aroma conocido, penetrante, vital. La marihuana empezó a circular entre los participantes. Cuando le tocó su turno, una voz interior lo impulsó a decir "yo paso". Analizando dicho gesto, consideró que en el fondo se sentía superior. No necesitaba de una droga para elevarse; ésa estaba para los otros. Él era capaz de guiar. Sus amigos creyeron que ya había fumado y no dieron mayor importancia a su respuesta.

Quizás el ambiente, la potencia del humo, la sugestión de sus pensamientos, lo llevaron de golpe a alejarse mentalmente. Una profunda oscuridad nubló sus ojos e irónicamente, empezó a "ver". Las imágenes que veía estaban rodeadas de una claridad especial, jamás percibida: los objetos, las personas, poseían una vibración propia. Era posible ver dentro de ellos: los materiales, las arterias, la composición química, cada molécula. Podía, especialmente, ver aquello que nadie dice: lo que oculta dentro de sí mismo, lo que nosotros no sabemos que poseemos, aquello que nos ha formado el carácter, la vida y seguramente, el destino.

Le parecía ser el personaje de Borges en El Aleph; se vio lleno de presunción, egocéntrico, por los libros que leía, por su dinero, sus títulos de estudio, las mujeres que había poseído y que nunca había realmente conocido. Se dio cuenta de que se encontraba infinitamente solo, que siempre lo había estado. Un grito de desesperación se elevó desde su vientre. No salió por su boca, estalló en su cerebro!, inundó su corazón provocándole náusea y vomito. Luego todo fue silencio y oscuridad.

Ahora se veía rodeado de estos extraños personajes y no lograba entender que sucedía; todo era absurdamente real. No podía sino tratarse de una broma por parte de sus amigos hábilmente preparada para burlarse de él. El lugar estaba iluminado por antorchas situadas externamente al círculo formado por las personas. Un acre olor a fango descompuesto llegaba a sus narices. Sus sienes le martilleaban, cada centímetro cuadrado de su cuerpo pulsaba con vida propia, como si quisiera comunicarle algo. Sabía que cada pulsación representaba y correspondía a cada uno de los personajes presentes, sólo que era absurdo. No tenía sentido encontrarse ahí. Si la broma había sido preparada por sus amigos, su cuerpo no lo sabía, sin embargo respondía, es más, participaba. Qué estaba sucediendo?.

En un cierto momento la danza terminó, sus manos quedaron libres y el primer impulso fue tocarse el estómago. Su cerebro sintió una voz que no venía desde fuera sino que directamente estaba dentro de él: "no toques nada, deja que la energía que has acumulado dentro de ti fluya lentamente hacia cada una de tus células: te calmarán y dirán qué debes hacer".

Una sensación de paz y tranquilidad inundó su cuerpo. Empezó a recordar; vio al Sacerdote Maya, al Egipcio, al Azteca, al Sasánido, al Indio que meditaban. Aprendían, enseñaban a practicar antiguos ritos, a recibir energía vital . La naturaleza les enseñaba incluso a respirar; se dio cuenta también que todo ésto, con el pasar de los años había sido ocultado deliberadamente, hasta hacerlo desaparecer, con excepción de algunas cosas que se conservaron en danzas, pergaminos, dibujos en paredes; todo ello con símbolos de difícil interpretación. Empezaron a formarse sectas y diferentes religiones, cada una con partes de verdad y fidelidad. Todo pasó al olvido. Las jerarquías sabían de todo esto y facilitaron el olvido. Deseaban dominar y someter. Toda esa sabiduría era contraria a sus propósitos. Debía desaparecer.

Lloró como jamás había llorado: se daba cuenta de lo que la humanidad había perdido, su llanto era liberador, catártico; al mismo tiempo lleno de esperanza, era posible recuperar, al menos en parte, la capacidad de aprender, de recibir energía, disfrutarla, recuperar lentamente toda la "ciencia" y los conocimientos hasta ahora escondidos. Sabía que si no era él, por lo menos sus hijos, o los hijos de sus amigos lograrían recuperarla. Ahora sí que había nacido la esperanza.

Con este nuevo conocimiento del "ser", lentamente volvió al grupo. Esta vez traía consigo una nueva conciencia.
 
Día Mundial de Nuestra Madre Tierra 2012
 

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