No fue el impacto de la bala lo que lo hirió. Fue el ensordecedor grito del disparo lo que le hizo perder el sentido. ¿ Qué extraña jugada del destino le había llevado a esa esquina ?.
No recordaba haber fijado un rumbo. Caminaba solamente para desgastar, como suelas de zapatos, su ansiedad. Sumido en sus grises pensamientos, no advirtió las barricadas ni los policías agazapados tras los tanques de basura. Tampoco percibió la tensión del momento. ¡ Cómo iba a hacerlo si mayor era su propia angustia !.
Con impaciencia, el policía le jaló por un brazo y lo obligó a arrodillarse antes que comprendiera lo que estaba pasando. Aturdido, miró en la dirección que apuntaban los revólveres. Y la realidad le abrumó de pronto. A través de los cristales del edificio, entre los reflejos de la calle y los claro-oscuros del interior del banco, podía advertir la presencia de los enmascarados que organizaban a los incautos clientes y empleados frente a los módulos de atención al público. Y comprendió que estos serían usados como escudos humanos.
Examinó con curiosidad al policía que lo había jalado, y verlo sudar, no obstante el frío vespertino, le dio a entender qué tanta tensión soportaba. Sin embargo, era firme su pulso. Frank comprendió que sobraba, e intentó devolverse, pero los curiosos, tras las barricadas, habían ido conformando una multitud compacta. Si retrocedía, volvería al anonimato. Si permanecía allí, tendría información de primera mano. Optó por quedarse. Algo distinto al "no hay vacantes" podría decirle a su esposa esa noche.
Entonces sonó el primer disparo. No el que le hirió, sino el que le ensordeció. Sintió que cada miligramo de pólvora detonó en toda su intensidad, y sus tímpanos vibraron hasta alcanzar el umbral del dolor. Presintió que otro disparo cerca le haría perder el dominio de sí mismo. Es que ¡ diablos ! sonaban tan diferentes en la televisión. Frank, aterrado, comprendió que el policía a su lado era el responsable del disparo. Supuso que lo había hecho por miedo, por equivocación. Advirtió el orificio en la vidriera del banco, antes que se produjera la consecuente reacción. Ráfagas de metralletas, de adentro para fuera, barrieron el frente, mientras rehenes y enmascarados se refugiaban tras los muebles modulares. Aturdido, Frank buscó la mirada del policía, pero éste apenas si se movía. Sospechó que había disparado por cobardía.
Y prefirió buscar el anonimato, tras las barricadas. Se levantó para retroceder. Otro disparo sonó, pero esta vez no lo ensordeció, lo hirió. Una bala se había alojado en su pecho, y una vez más, percibió el horror reflejado en los ojos del policía.
Bastó ese instante para comprender que ya nunca volvería al anonimato, y fuera cual fuera el desenlace del hecho, una bala había acabado con su ansiedad de todos los días.
Quedó tendido en el suelo, mostrando a todos las desgastadas suelas de sus zapatos.
No recordaba haber fijado un rumbo. Caminaba solamente para desgastar, como suelas de zapatos, su ansiedad. Sumido en sus grises pensamientos, no advirtió las barricadas ni los policías agazapados tras los tanques de basura. Tampoco percibió la tensión del momento. ¡ Cómo iba a hacerlo si mayor era su propia angustia !.
Con impaciencia, el policía le jaló por un brazo y lo obligó a arrodillarse antes que comprendiera lo que estaba pasando. Aturdido, miró en la dirección que apuntaban los revólveres. Y la realidad le abrumó de pronto. A través de los cristales del edificio, entre los reflejos de la calle y los claro-oscuros del interior del banco, podía advertir la presencia de los enmascarados que organizaban a los incautos clientes y empleados frente a los módulos de atención al público. Y comprendió que estos serían usados como escudos humanos.
Examinó con curiosidad al policía que lo había jalado, y verlo sudar, no obstante el frío vespertino, le dio a entender qué tanta tensión soportaba. Sin embargo, era firme su pulso. Frank comprendió que sobraba, e intentó devolverse, pero los curiosos, tras las barricadas, habían ido conformando una multitud compacta. Si retrocedía, volvería al anonimato. Si permanecía allí, tendría información de primera mano. Optó por quedarse. Algo distinto al "no hay vacantes" podría decirle a su esposa esa noche.
Entonces sonó el primer disparo. No el que le hirió, sino el que le ensordeció. Sintió que cada miligramo de pólvora detonó en toda su intensidad, y sus tímpanos vibraron hasta alcanzar el umbral del dolor. Presintió que otro disparo cerca le haría perder el dominio de sí mismo. Es que ¡ diablos ! sonaban tan diferentes en la televisión. Frank, aterrado, comprendió que el policía a su lado era el responsable del disparo. Supuso que lo había hecho por miedo, por equivocación. Advirtió el orificio en la vidriera del banco, antes que se produjera la consecuente reacción. Ráfagas de metralletas, de adentro para fuera, barrieron el frente, mientras rehenes y enmascarados se refugiaban tras los muebles modulares. Aturdido, Frank buscó la mirada del policía, pero éste apenas si se movía. Sospechó que había disparado por cobardía.
Y prefirió buscar el anonimato, tras las barricadas. Se levantó para retroceder. Otro disparo sonó, pero esta vez no lo ensordeció, lo hirió. Una bala se había alojado en su pecho, y una vez más, percibió el horror reflejado en los ojos del policía.
Bastó ese instante para comprender que ya nunca volvería al anonimato, y fuera cual fuera el desenlace del hecho, una bala había acabado con su ansiedad de todos los días.
Quedó tendido en el suelo, mostrando a todos las desgastadas suelas de sus zapatos.




