El denso follaje filtraba la tenue luz de aquellos rayos mortecinos de atardecer. Lejos del bosque, los campesinos parecían ignorar el sufrimiento de un sol agonizante, que había sido poderoso durante el día cuando nadie podía mirarlo directamente a su rostro, pero que ahora pagaba su arrogancia y corría a ocultar la vergüenza de sentirse vencido escondiendo su roja superficie tras las lejanas montañas de poniente.
En el corazón del bosque, los perfiles de la vegetación se diluían en la penumbra confundiéndose en un lienzo de tonalidad uniforme, donde un hilo de luz cobriza rompía la monotonía iluminando el rostro silente de un joven que, junto a otros nueve muchachos, se disponía a escuchar la última historia del viejo Tornás.
En el centro de aquel corro, el anciano sacó del bolsillo de su pelliza una vieja pipa y la bolsa de tabaco. Limpió la pipa sacudiéndola, la llenó cuidadosamente con el tabaco y, cuando hubo comprobado que estaba bien encendida, dio un profundo suspiro y comenzó su relato:
"Hace muchos años, tuve que hacer un largo viaje para adquirir unas finas telas de seda encargadas por nuestro Consejo para engalanar el Templo Blanco el día del milenario de su construcción. Khalaj-Adum, la impresionante ciudad oriental que se encuentra en la orilla opuesta del mar de Tines, navegando varias jornadas hacia levante, fue el lugar hacia donde embarqué. A sus empedradas callejuelas, estrechas y laberínticas, sobre las que anduve kilómetros, se abren innumerables puertas: grandes y pequeñas, portalones de madera o verjas de hierro, o una simple cortina, eso sí, de la más exquisita seda; puertas decoradas finamente por las manos de un inspirado orfebre o puertas austeras; puertas que daban a una pequeña habitación o se abrían a un soleado patio entorno al cual se ordenaban las distintas estancias de la casa. Ese patio, pieza fundamental de la vivienda de Khalaj-Adum, donde se desarrollaba la vida familiar, recogía en invierno los cálidos rayos del sol y en verano se cubría con toldos de seda que filtraban la luz, amortiguando el calor. Pero lo que más me asombraba de aquella ciudad era la riqueza de sus palacios, viviendas de los grandes comerciantes que se habían enriquecido con el tráfico de la seda, que aparecían ante mi impresionada retina de viajero en plazuelas, ensanchamientos o rincones de aquel enmarañado tejido urbano. Sus cúpulas parecían realmente chapadas en oro al reflejar la luz del sol. El amarillo de estas cúpulas, las puertas pintadas de azul, los emparrados y enredaderas, las plantas que colgaban de balcones y ventanas, los tonos cálidos de las sedas en cortinas y toldos, contrastaban con las blancas paredes encaladas de sus casas y daban a la ciudad un aspecto de fiesta permanente.
Pero en sus orígenes, los habitantes de Khalaj-Adum, antes de dedicarse al comercio de la seda, eran gentes de mar, pescadores que amarraban los cabos de sus pequeñas embarcaciones de pesca en el mismo lugar donde hoy atracan los grandes barcos mercantes. Creían estos hombres de la mar en la existencia de unos seres fantásticos, mitológicos, que les ayudaban en los momentos de angustia, cuando se hallaban perdidos en medio del temporal. Estos seres, a quienes ellos llamaban prileidas, habitaban en la isla del Anillo Crepuscular, cuna de nuestros antepasados y de la desaparecida civilización de Hermedión, cuyo paradero es hoy desconocido. Y estos seres, aunque vivían en tierra, podían desplazarse por el aire agitando unas alas de hermoso plumaje, de una belleza, suavidad y colorido mayores aún que las mejores sedas de la ciudad. Se creía que entre las prileidas habían criaturas de ambos sexos, pero las leyendas siempre narraban encuentros de los pescadores con muchachas de gran belleza, de cabellos y ojos dorados, con sus alas de púrpura y nácar sobre un hermoso cuerpo desnudo.
Uno de los pescadores que más incredulidad mostraba ante esta leyenda era un muchacho llamado Onfalí, pues su padre había fallecido, junto a otros tres hombres, al volcar su barca en medio de un terrible temporal. "Mi padre era bueno - repetía siempre de niño -, si existieran las prileidas, hubieran salvado a mi padre". Al principio, los amigos de la familia les ayudaron a salir adelante, pero pronto la pobreza de sus propios hogares hizo que madre e hijo tuvieran que enfrentarse en solitario a la dureza de la vida en los suburbios de Khalaj-Adum.
Su madre se dedicó a tejer bordados con gran delicadeza en las telas para grandes comerciantes y sus finas manos, tanto como la seda que trabajaba, contrastaban con la curtida piel de su hijo quien, siguiendo los pasos de su padre, se dedicó al duro oficio de la mar.
Ahora Onfalí vivía solo, pues su madre también falleció en una epidemia que se desató en su ciudad y que afectó en mayor medida a la parte más pobre de ésta.
Él se quedó a vivir en la zona de las cabañas, trasladándose a otra más pequeña. En realidad era la cabaña más pequeña de la ciudad, pero suficiente para sus necesidades. También la balandra que le dejó su padre a su muerte era una de las embarcaciones más pequeñas de toda la flota pesquera, pues al morir se hundió con él la barca con la que hacía su faena diaria. A decir verdad, también Onfalí era uno de los jóvenes más pequeños de su edad, debido a la escasa alimentación que recibió de niño por la penuria en la que vivía con su madre. Pero ninguna de estas tres cosas le acomplejaban y soñaba que un día llegaría a ser rico y capitanearía el mayor barco de la flota de Khalaj-Adum, aunque de momento todo su tesoro consistía en su cabaña, su pequeña barca y unas finas túnicas de seda roja con bellos bordados en hilos de oro que su madre tejiera por encargo de un viajero que, al desatarse la epidemia, partió a su tierra sin recoger el pedido que la madre de Onfalí fue terminando durante su enfermedad para regalárselo a su hijo. "Así podrás hacer un bello regalo a una jovencita cuando crezcas un poco más", le decía.
El día del entierro de su madre, Onfalí comentaba entre lágrimas a un viejo amigo de su padre:
- La barca es el único recuerdo que me dejó mi padre y estas sedas lo único que tengo de mi madre.
- Hijo - contestó el viejo -, cuando perdemos a un ser amado los mejores recuerdos que nos quedan son los que llevamos dentro, en el corazón y en la memoria.
Aún así, guardaba aquellas telas como una joya de la que nunca pensaba deshacerse, e incluso las llevaba consigo cuando salía a la mar durante varios días.
Ahora se encontraban en el mes de Monad y había que ir a buscar la pesca mar adentro, navegar varios días sin tocar puerto para poder llenar las redes. Muchos pescadores optaban por no sacar sus barcas, pues la pesca era difícil y la mar podía volverse peligrosa; y dado que coincidía con la época de recogida y devanado de los capullos para la elaboración de la seda, se quedaban para ayudar a sus esposas y madres. Pero como Onfalí no tenía familia, terminó de reparar sus redes y sus velas, comprobó el estado de los aparejos, reunió suficiente alimento para los días que tenía que pasar en la mar y los apiló en su barca.
El tiempo parecía que iba a ser bueno y no habría problemas con la mar, a la que los marineros cuidaban de no irritar para evitar su furia. Onfalí hizo un último viaje a su pequeña cabaña para recoger el paquete que contenía las sedas de su madre y regresó a las barca, colocándolo en una caja hermética que había preparado para tal fin junto al timón de popa. Empujó la barca hasta que las olas empezaron a lamer la parte más baja del casco de la embarcación para más tarde engullirlo casi por completo. Onfalí subió a la barca de un salto y empezó a remar hasta alejarse de la costa y salir de la pequeña ensenada que protegía aquel pedazo de playa en los días de temporal. Pero la mar estaba en calma ese día, al menos para la fecha del año en la que se encontraban, así que el joven pescador izó la vela que pronto se infló en el aire y se sentó junto al timón para dirigir la barca mar adentro.
Tardó varios días en llegar al lugar donde había echado el ancla y, mientras recogía la vela y la enrollaba entorno a la verga, recordó cuando, siendo un niño, mientras su padre le enseñaba el manejo de los aparejos anduvo despistado en una de las viradas y, al girar la vela, la verga le golpeó con tal fuerza que le lanzó al agua. Ahora, en la soledad de aquel mar infinito, echó las redes al agua y pronto su esfuerzo se vio recompensado, pues en aquel banco había peces suficientes para cargar toda la flota pesquera de Khalaj-Adum. Se lamentó de no tener una red mayor, pues estaría ya de vuelta, rumbo a la ciudad, pero calculaba que con una jornada más llenaría el resto de cajas que aún quedaban vacías sobre cubierta. Un marinero más experto que él hubiera intuido que tanta abundancia en la pesca en esas fechas se debía a la inquietud de los peces por la tormenta que se avecindaba y hubiera enfilado rumbo a puerto de nuevo.
Así, cuando Onfalí despertó a la mañana siguiente, el cielo aparecía casi totalmente oscurecido por negros nubarrones y la mar comenzaba a agitarse. Tan rápido como pudo, desplegó las velas sobre el único mástil de su balandra y puso rumbo hacia la costa. La fuerza del viento le ayudaba a navegar más de prisa, a pesar del fuerte oleaje y de la lluvia que había comenzado a caer. Llevaba demasiada carga y lo sabía, pero no estaba dispuesto a perder tantos días de faena, así que ató la jarcia con la que manejaba la verga a uno de los garfios para poder asir con más fuerza el timón y soportó sobre su rostro los latigazos que le producían las gotas de lluvia.
El viento fue creciendo en intensidad, provocando un oleaje cada vez mayor. Las velas tensaban al máximo el cordaje que las mantenía firmemente sujetas, pero el palo empezó a crujir. Onfalí trató de aflojar los cabos, pero antes de conseguirlo los obenques que sujetaban la cabeza del palo se cortaron y éste se acabó de partir, cayendo ruidosamente sobre la cubierta, hacia la proa. Maldiciendo su mala suerte, Onfalí recogió como pudo las dos velas, amarró el palo a la barca para que no cayera definitivamente por la borda y volvió a popa para tratar de gobernar con el timón lo que parecía una tarea imposible, pues la furia del oleaje hacía peligrar la estabilidad de la pequeña balandra.
La lluvia caía cada vez con más fuerza y los relámpagos se sucedían ininterrumpidamente, iluminando un embravecido mar, cuyas olas saltaban por encima de la embarcación de Onfalí sumergiéndola por momentos. Sabía que si no se deshacía de parte de la carga acabaría hundiéndose, pero seguía resistiéndose a ello. Sin darse cuenta, hacía rato que había empezado a rezar y las gotas de lluvia que salpicaban su rostro ocultaban las lágrimas de desesperación que resbalaban por sus mejillas. Un golpe de agua le derribó de su posición, cayendo sobre el mojado suelo de la barca. Intentó incorporarse, pero un nuevo bandazo le hizo caer otra vez, golpeándose la cabeza contra una de las cajas que ahora andaban esparcidas sobre cubierta, perdiendo el conocimiento en medio de aquel caos.
Jesús Rocha
En el corazón del bosque, los perfiles de la vegetación se diluían en la penumbra confundiéndose en un lienzo de tonalidad uniforme, donde un hilo de luz cobriza rompía la monotonía iluminando el rostro silente de un joven que, junto a otros nueve muchachos, se disponía a escuchar la última historia del viejo Tornás.
En el centro de aquel corro, el anciano sacó del bolsillo de su pelliza una vieja pipa y la bolsa de tabaco. Limpió la pipa sacudiéndola, la llenó cuidadosamente con el tabaco y, cuando hubo comprobado que estaba bien encendida, dio un profundo suspiro y comenzó su relato:
"Hace muchos años, tuve que hacer un largo viaje para adquirir unas finas telas de seda encargadas por nuestro Consejo para engalanar el Templo Blanco el día del milenario de su construcción. Khalaj-Adum, la impresionante ciudad oriental que se encuentra en la orilla opuesta del mar de Tines, navegando varias jornadas hacia levante, fue el lugar hacia donde embarqué. A sus empedradas callejuelas, estrechas y laberínticas, sobre las que anduve kilómetros, se abren innumerables puertas: grandes y pequeñas, portalones de madera o verjas de hierro, o una simple cortina, eso sí, de la más exquisita seda; puertas decoradas finamente por las manos de un inspirado orfebre o puertas austeras; puertas que daban a una pequeña habitación o se abrían a un soleado patio entorno al cual se ordenaban las distintas estancias de la casa. Ese patio, pieza fundamental de la vivienda de Khalaj-Adum, donde se desarrollaba la vida familiar, recogía en invierno los cálidos rayos del sol y en verano se cubría con toldos de seda que filtraban la luz, amortiguando el calor. Pero lo que más me asombraba de aquella ciudad era la riqueza de sus palacios, viviendas de los grandes comerciantes que se habían enriquecido con el tráfico de la seda, que aparecían ante mi impresionada retina de viajero en plazuelas, ensanchamientos o rincones de aquel enmarañado tejido urbano. Sus cúpulas parecían realmente chapadas en oro al reflejar la luz del sol. El amarillo de estas cúpulas, las puertas pintadas de azul, los emparrados y enredaderas, las plantas que colgaban de balcones y ventanas, los tonos cálidos de las sedas en cortinas y toldos, contrastaban con las blancas paredes encaladas de sus casas y daban a la ciudad un aspecto de fiesta permanente.
Pero en sus orígenes, los habitantes de Khalaj-Adum, antes de dedicarse al comercio de la seda, eran gentes de mar, pescadores que amarraban los cabos de sus pequeñas embarcaciones de pesca en el mismo lugar donde hoy atracan los grandes barcos mercantes. Creían estos hombres de la mar en la existencia de unos seres fantásticos, mitológicos, que les ayudaban en los momentos de angustia, cuando se hallaban perdidos en medio del temporal. Estos seres, a quienes ellos llamaban prileidas, habitaban en la isla del Anillo Crepuscular, cuna de nuestros antepasados y de la desaparecida civilización de Hermedión, cuyo paradero es hoy desconocido. Y estos seres, aunque vivían en tierra, podían desplazarse por el aire agitando unas alas de hermoso plumaje, de una belleza, suavidad y colorido mayores aún que las mejores sedas de la ciudad. Se creía que entre las prileidas habían criaturas de ambos sexos, pero las leyendas siempre narraban encuentros de los pescadores con muchachas de gran belleza, de cabellos y ojos dorados, con sus alas de púrpura y nácar sobre un hermoso cuerpo desnudo.
Uno de los pescadores que más incredulidad mostraba ante esta leyenda era un muchacho llamado Onfalí, pues su padre había fallecido, junto a otros tres hombres, al volcar su barca en medio de un terrible temporal. "Mi padre era bueno - repetía siempre de niño -, si existieran las prileidas, hubieran salvado a mi padre". Al principio, los amigos de la familia les ayudaron a salir adelante, pero pronto la pobreza de sus propios hogares hizo que madre e hijo tuvieran que enfrentarse en solitario a la dureza de la vida en los suburbios de Khalaj-Adum.
Su madre se dedicó a tejer bordados con gran delicadeza en las telas para grandes comerciantes y sus finas manos, tanto como la seda que trabajaba, contrastaban con la curtida piel de su hijo quien, siguiendo los pasos de su padre, se dedicó al duro oficio de la mar.
Ahora Onfalí vivía solo, pues su madre también falleció en una epidemia que se desató en su ciudad y que afectó en mayor medida a la parte más pobre de ésta.
Él se quedó a vivir en la zona de las cabañas, trasladándose a otra más pequeña. En realidad era la cabaña más pequeña de la ciudad, pero suficiente para sus necesidades. También la balandra que le dejó su padre a su muerte era una de las embarcaciones más pequeñas de toda la flota pesquera, pues al morir se hundió con él la barca con la que hacía su faena diaria. A decir verdad, también Onfalí era uno de los jóvenes más pequeños de su edad, debido a la escasa alimentación que recibió de niño por la penuria en la que vivía con su madre. Pero ninguna de estas tres cosas le acomplejaban y soñaba que un día llegaría a ser rico y capitanearía el mayor barco de la flota de Khalaj-Adum, aunque de momento todo su tesoro consistía en su cabaña, su pequeña barca y unas finas túnicas de seda roja con bellos bordados en hilos de oro que su madre tejiera por encargo de un viajero que, al desatarse la epidemia, partió a su tierra sin recoger el pedido que la madre de Onfalí fue terminando durante su enfermedad para regalárselo a su hijo. "Así podrás hacer un bello regalo a una jovencita cuando crezcas un poco más", le decía.
El día del entierro de su madre, Onfalí comentaba entre lágrimas a un viejo amigo de su padre:
- La barca es el único recuerdo que me dejó mi padre y estas sedas lo único que tengo de mi madre.
- Hijo - contestó el viejo -, cuando perdemos a un ser amado los mejores recuerdos que nos quedan son los que llevamos dentro, en el corazón y en la memoria.
Aún así, guardaba aquellas telas como una joya de la que nunca pensaba deshacerse, e incluso las llevaba consigo cuando salía a la mar durante varios días.
Ahora se encontraban en el mes de Monad y había que ir a buscar la pesca mar adentro, navegar varios días sin tocar puerto para poder llenar las redes. Muchos pescadores optaban por no sacar sus barcas, pues la pesca era difícil y la mar podía volverse peligrosa; y dado que coincidía con la época de recogida y devanado de los capullos para la elaboración de la seda, se quedaban para ayudar a sus esposas y madres. Pero como Onfalí no tenía familia, terminó de reparar sus redes y sus velas, comprobó el estado de los aparejos, reunió suficiente alimento para los días que tenía que pasar en la mar y los apiló en su barca.
El tiempo parecía que iba a ser bueno y no habría problemas con la mar, a la que los marineros cuidaban de no irritar para evitar su furia. Onfalí hizo un último viaje a su pequeña cabaña para recoger el paquete que contenía las sedas de su madre y regresó a las barca, colocándolo en una caja hermética que había preparado para tal fin junto al timón de popa. Empujó la barca hasta que las olas empezaron a lamer la parte más baja del casco de la embarcación para más tarde engullirlo casi por completo. Onfalí subió a la barca de un salto y empezó a remar hasta alejarse de la costa y salir de la pequeña ensenada que protegía aquel pedazo de playa en los días de temporal. Pero la mar estaba en calma ese día, al menos para la fecha del año en la que se encontraban, así que el joven pescador izó la vela que pronto se infló en el aire y se sentó junto al timón para dirigir la barca mar adentro.
Tardó varios días en llegar al lugar donde había echado el ancla y, mientras recogía la vela y la enrollaba entorno a la verga, recordó cuando, siendo un niño, mientras su padre le enseñaba el manejo de los aparejos anduvo despistado en una de las viradas y, al girar la vela, la verga le golpeó con tal fuerza que le lanzó al agua. Ahora, en la soledad de aquel mar infinito, echó las redes al agua y pronto su esfuerzo se vio recompensado, pues en aquel banco había peces suficientes para cargar toda la flota pesquera de Khalaj-Adum. Se lamentó de no tener una red mayor, pues estaría ya de vuelta, rumbo a la ciudad, pero calculaba que con una jornada más llenaría el resto de cajas que aún quedaban vacías sobre cubierta. Un marinero más experto que él hubiera intuido que tanta abundancia en la pesca en esas fechas se debía a la inquietud de los peces por la tormenta que se avecindaba y hubiera enfilado rumbo a puerto de nuevo.
Así, cuando Onfalí despertó a la mañana siguiente, el cielo aparecía casi totalmente oscurecido por negros nubarrones y la mar comenzaba a agitarse. Tan rápido como pudo, desplegó las velas sobre el único mástil de su balandra y puso rumbo hacia la costa. La fuerza del viento le ayudaba a navegar más de prisa, a pesar del fuerte oleaje y de la lluvia que había comenzado a caer. Llevaba demasiada carga y lo sabía, pero no estaba dispuesto a perder tantos días de faena, así que ató la jarcia con la que manejaba la verga a uno de los garfios para poder asir con más fuerza el timón y soportó sobre su rostro los latigazos que le producían las gotas de lluvia.
El viento fue creciendo en intensidad, provocando un oleaje cada vez mayor. Las velas tensaban al máximo el cordaje que las mantenía firmemente sujetas, pero el palo empezó a crujir. Onfalí trató de aflojar los cabos, pero antes de conseguirlo los obenques que sujetaban la cabeza del palo se cortaron y éste se acabó de partir, cayendo ruidosamente sobre la cubierta, hacia la proa. Maldiciendo su mala suerte, Onfalí recogió como pudo las dos velas, amarró el palo a la barca para que no cayera definitivamente por la borda y volvió a popa para tratar de gobernar con el timón lo que parecía una tarea imposible, pues la furia del oleaje hacía peligrar la estabilidad de la pequeña balandra.
La lluvia caía cada vez con más fuerza y los relámpagos se sucedían ininterrumpidamente, iluminando un embravecido mar, cuyas olas saltaban por encima de la embarcación de Onfalí sumergiéndola por momentos. Sabía que si no se deshacía de parte de la carga acabaría hundiéndose, pero seguía resistiéndose a ello. Sin darse cuenta, hacía rato que había empezado a rezar y las gotas de lluvia que salpicaban su rostro ocultaban las lágrimas de desesperación que resbalaban por sus mejillas. Un golpe de agua le derribó de su posición, cayendo sobre el mojado suelo de la barca. Intentó incorporarse, pero un nuevo bandazo le hizo caer otra vez, golpeándose la cabeza contra una de las cajas que ahora andaban esparcidas sobre cubierta, perdiendo el conocimiento en medio de aquel caos.
Jesús Rocha




