Cuando despertó en el camastro de su casa creyó que todo había sido una pesadilla, pero el dolor que sentía en todo su cuerpo le confirmaba lo contrario. A medida que sus ojos fueron aclimatándose a la luz de la estancia se percató al momento que aquella no era su pequeña cabaña de Khalaj-Adum: era más grande y estaba mejor cuidada. Además, el persistente dolor de cabeza que tenía le bastó para asegurarse que el golpe había sido real. Pero, si aquello no era un sueño... si realmente aún estaba vivo... cómo había llegado hasta allí?. Recogería algún otro barco lo que quedaba de su pequeña balandra a la deriva?
Un fuerte y delicioso aroma de comida que se desprendía de una fuente situada sobre la mesa de aquel cuarto le hicieron olvidar esas preocupaciones por el momento. Se sentó en un taburete frente a tan sabrosos manjares y se dedicó a observarlos durante un corto espacio de tiempo. Toda la comida era a base de unos vegetales que no había visto antes con anterioridad. El primero que mordió tenía un sabor muy dulce y era muy jugoso, por lo que dedujo que se trataría de una fruta y la dejó para el final. Continuó probando de uno en uno todos los alimentos que tenía ante sí, hasta que los hubo clasificado, y empezó a comérselos ordenadamente. Las bebidas que habían sobre la mesa eran también zumos de frutas y agua natural, todo fresquísimo y delicioso.
Cuando hubo saciado tanto su sed como su hambre, volvieron a su mente las mismas preguntas que le habían preocupado antes. Como respondiendo a esas incógnitas, llegaron a los oídos de Onfalí, débilmente al principio, como murmullos, unos cantos que provenían del exterior de la cabaña. Aunque se oían bastante distantes, eran cantos de gran belleza, entonados en perfecta armonía. Voces que elevaban sus cánticos hasta hacerse escuchar con una claridad que parecía la representación musical de la pureza o que disminuían su tono hasta hacerse casi imperceptibles al oído de Onfalí. Voces que conducían una misma melodía repetitiva por senderos musicales desconocidos sin la más mínima desviación, como si conocieran la ruta de antemano, aunque se notara la espontaneidad en la elección de cada nota, de cada compás. De pronto una de esas voces se alzaba como un grito de protesta y surgía de ese conjunto monocorde para desarrollar una melodía particular, como el solo de una orquesta, y sin embargo continuaba formando parte de esa armoniosa totalidad. Terminado su soliloquio regresaba a la base melódica repetitiva de la gran masa coral hasta que una nueva voz volvía a convertirse en canto solitario y bello. Una y mil veces.
Hechizado por la música, embriagado por la belleza de aquellas voces, Onfalí había permanecido estático largo rato, evitando hacer el menor ruido, sin saber si su conducta obedecía al deseo de no interrumpir tan hermosa sinfonía o por temor a delatar su presencia en la cabaña.
Largo tiempo pasó el joven pescador escuchando inmutable en la quietud y el silencio de la cabaña los sonidos que, cada vez más cercanos, penetraban en aquel espacio por la ventana abierta en la pared sur de aquella casa, pues como hombre de mar que era, necesitó poco tiempo para orientarse y saber qué hora era por el movimiento del sol. Faltaban un par de horas para el crepúsculo; Onfalí reflexionó unos instantes y decidió que, fueran quienes fueran aquellas personas que entonaban tan bellos cantos, sin duda habían sido ellos sus salvadores, llevándole hasta la cabaña y proporcionándole los alimentos que había comido. Como no tenía nada que temer de aquellas personas, se acercó a la ventana para verlos llegar y saber en qué parte de la costa había escupido la mar su barca.
Iba a apoyar los codos en la repisa de aquella ventana para acomodarse y observar mejor aquel paisaje que había ido descubriéndose ante su vista a medida que se asomaba a ella, pero la impresión que recibió hizo que diera con sus huesos sobre el entarimado del suelo. No había pronunciado una palabra desde que despertara, pero ahora que hubiera querido gritar por la caída, tampoco pudo hacerlo, porque se había quedado sin habla. Colocó sus manos abiertas sobre el cerco inferior de la ventana para poder levantarse y, a medida que lo iba haciendo, fue asomando su sorprendido rostro, con sus ojos abiertos aún más que sus manos y su boca más abierta que sus ojos.
Él, que nunca había creído en la leyenda de las prileidas, observaba ahora a varios de estos jóvenes seres entonar sus bellos cánticos mientras jugueteaban en las aguas transparentes de aquel lago que se extendía en medio de la exuberante vegetación; otros recibían los rayos del sol recostados en las rocas que formaban la orilla, extendiendo sobre ellas sus bellas alas de colores nácar, rojo y ámbar, que reflejaban la luz del sol formando infinidad de pequeños arcos iris sobre la tersa superficie de su plumaje.
Al verle asomado a la ventana, acudieron varios de ellos a saludarle y darle la bienvenida, pero la primera reacción de Onfalí al sentirse descubierto fue la de esconderse para no ser visto, hecho que hizo reír a las prileidas, que llevaban varios días cuidando de sus heridas sin que se diera cuenta. Aunque en principio este encuentro resultó violento para Onfalí, la cautivadora voz de aquellos seres le infundieron pronto confianza y al poco rato se hallaba conversando con ellos sin ningún prejuicio, hablándoles de su ciudad, de sus gentes, de lo que allí pensaban de ellos, de su trabajo, de sus ilusiones, de sus proyectos. Habló de tantas cosas que cuando de nuevo miró a través de la ventana hacía horas que había oscurecido y las prileidas tuvieron que despedirse para ir a descansar y dejarle reposar a él también, pues aún no se hallaba totalmente recuperado de sus heridas.
Cuando despertó al día siguiente, no recordaba dónde se hallaba, pero el aroma de la fruta fresca le trajo a la memoria los hechos del día anterior. Desayunó con verdadero apetito, devorando cada uno de los manjares que le habían servido, distintos todos a los del primer día, y salió de la cabaña para recorrer la isla en compañía de aquellos extraños seres. Desde el principio se sintió a gusto en su presencia, entre las prileidas especialmente, con sus dulces voces, sus hermosos cantos y su belleza: "sí, pensaba, sobre todo por la belleza de sus cuerpos desnudos".
Mientras realizaba su paseo se alegró al ver colgadas en una empalizada, secándose al sol, las telas de seda que su madre le dejara, más resplandecientes ahora que nunca. Quizás fuera el clima de aquella isla, o las frutas, o el agua lo que hacía que todo allí pareciera más hermoso y recordó lo que las viejas historias de Khalaj-Adum contaban de los esplendores de la civilización de Hermedión, en el anillo de las islas del Crepúsculo donde florecía la flor vanidosa, desaparecida mucho tiempo atrás. Sin embargo, al no ver por ningún lado restos de aquella gran cultura extinguida, no volvió a pensar en el asunto, sin saber que realmente sus suposiciones eran acertadas.
Vio también su pequeña balandra sobre la playa y, aunque se notaba que habían comenzado a repararla, le apenó ver el lamentable estado en el que se hallaba. Llegaron es ese momento algunos jóvenes de los que trabajaban en la reparación y le aseguraron que quedaría más hermosa de como él la recordaba, cosa que Onfalí no dudó a la vista del paradisíaco entorno que le rodeaba. Se fue con ellos a recorrer la isla y este paseo no hizo sino confirmar sus impresiones al contemplar los paisajes de aquel lugar: sus flores, sus rocas de caprichosas formas, los pájaros..., nada de aquello le recordaba las imágenes plasmadas en los pocos tapices que había visto en los palacios de Khalaj-Adum cuando de niño acompañaba a su madre a entregar alguno de los trabajos encargados, pues él nunca había vivido otro paisaje que no fuera el de las callejuelas y arrabales de su ciudad o la inmensa superficie de la mar.
Pasó varios días recorriendo aquella isla de un extremo a otro, hablando con cada una de aquellas criaturas, nadando en las transparentes aguas del lago o trepando a los árboles a recoger sus frutos. Comprobó que la leyenda sobre las prileidas acertaba en muchos aspectos, aunque cometía imprecisiones. Así, por ejemplo, sólo algunas de las prileidas tenían los cabellos y los ojos dorados y, aun siendo las más hermosas, había entre ellas muchachas de todo tipo... "de todo tipo de belleza", volvió a pensar Onfalí para sí.
Una de las muchachas que más asiduamente estaba junto a él, haciendo notar en cada momento su presencia con sus risas, sus charlas simpáticas, sus gestos... tenía los cabellos morenos y unos preciosos ojos verdes. Onfalí se fijó inmediatamente en ella, le agradaba su compañía, sentía también cierta atracción hacia ella, pero se veía demasiado diferente a aquella raza de seres. Por eso trató de ahuyentar de su mente cualquier pensamiento que pudiera hacer desembocar esa relación hacia un sentimiento más profundo, porque sabía que su estancia en la isla concluiría algún día no muy lejano y no deseaba sufrir una nueva pérdida de un ser querido.
Al conseguir dominar ese sentimiento que pudo haber albergado en algún momento en su corazón hacia esa prileida de ojos verdes, creyó estar definitivamente inmunizado hacia cualquier relación afectiva con aquellas criaturas. Sin embargo, una mañana, mientras estaba degustando los exquisitos manjares que se servía de desayuno, escuchó una hermosa melodía que le hizo interrumpir su comida para prestar mayor atención. En las semanas que llevaba en la isla había escuchado cantar muchas veces a las prileidas y ya estaba acostumbrado a las sorpresas que le deparaban tan hermosas melodías; había aprendido a reconocer que la belleza de aquel lugar estaba íntimamente ligada a sus cantos, que la transmitían a todo lo que su bello sonido acariciaba. Pero nunca había oído un canto semejante: aunque los hubiera más sonoros, más acordes, más melodiosos, más entonados, más bellos, aquellos sones le estaban llegando al corazón. Abrió su alma por entero para disfrutarlos totalmente, permaneciendo quieto y en silencio, y aquellas notas le hicieron sumirse en un estado de placer y relajación como no había sentido jamás. Se encontró flotando por mundos de inusitada belleza, trasladado a otra dimensión; se sintió como uno de aquellos seres y creyó volar por instantes; se dejó llevar por la calidez de una voz que le transportaba a lugares más paradisíacos aún que los de aquella isla. Aquel canto que estaba cambiando el mundo que le rodeaba también estaba transformando su interior, pero... de quién podría ser aquella voz que le producía tan extrañas sensaciones?. Cómo sería la prileida que había despertado en él esos sentimientos, esa sensación tan inquietante?.
Salió de su cabaña siguiendo la dirección de aquel canto. En el exterior, sobre la arena de la playa, las prileidas daban los últimos toques al mástil de su embarcación mientras otros acababan el carenado del casco: la pequeña balandra había recuperado ya su belleza, superándola con creces. No lejos de allí, otro grupo remendaba las velas para que Onfalí pudiera realizar la travesía de regreso sin ningún problema. Como era su costumbre, todos ellos cantaban al tiempo que trabajaban y era ese canto el que infería tanta belleza a los trabajos que realizaban, pero la voz que continuaba escuchando nítidamente entre todas éstas no era de ninguno de ellos.
Se acercó al lugar donde aún permanecían tendidas al sol las sedas que trajo de su ciudad, su pequeño tesoro, pues cada día aumentaba en belleza, y allí estaba por fin la joven prileida a la que había estado buscando. Había envuelto su cuerpo con las sedas bordadas que flotaban en el aire agitadas por el viento y se ceñían a ella marcando su silueta contra el azulado cielo. El color rojo, el ámbar y el nácar de sus alas parecían el reflejo de la encarnada tela de seda, el hilo dorado que dibujaba los adornos bordados en ella y el nacarado tono de la piel de la muchacha trasparentándose a través de aquel delicado tejido.
Los sentimientos que creía dominados se habían desatado en su interior con una fuerza infinitamente mayor a la jamás hubiera imaginado y supo entonces que nunca había estado enamorado. Su corazón, hasta entonces apagado y dolido por los continuos reveses que había sufrido con la muerte de sus padres, estallaba ahora con la fuerza de una erupción volcánica, inundando con sus ardientes ríos de lava todo lo que encontraba a su paso.
El joven pescador se detuvo muy cerca del rostro de la bella muchacha. Tenía los cabellos dorados y sus ojos parecían de miel al reflejo del sol (te suena?), como afirmaba la leyenda, y ... qué hermosos eran! De nuevo tenía ante su mirada aquellos tres colores mágicos: al ámbar, el nácar y el rojo de las alas; el dorado de los bordados, la purpúrea seda y el nacarado tono de su piel trasparentándose; el color miel de sus ojos y cabellos agitados al viento, el nácar de sus mejillas y su frente, y el tono encarnado de sus labios.
La prileida había dejado de cantar y miraba también a los ojos de Onfalí. Por un momento se sintió incómodo, pues siempre rehuía las miradas directas por temor a delatar sus sentimientos más íntimos, pero la mirada de aquella muchacha no le molestaba, al contrario, deseaba que averiguase todo lo que sentía por ella.
Le había visto varias veces durante su estancia en la isla. Le había oído cantar en otras ocasiones y desde un primer momento le gustó su compañía, pero, por qué sentía ahora esa atracción tan fuerte?
Onfalí no permitió que la muchacha se desprendiera de las sedas que la envolvían, pues creía que estaban tejidas para ella. Durante los pocos días que le quedaban de estancia en la isla no se separaron ni un solo instante, disfrutando de ese joven amor que les unía, aunque no se lo hubieran declarado. Pero por fin las velas de la balandra se alzaron desafiantes al cielo, indicando que el momento de la partida había llegado. La barca estaba definitivamente reparada, la cubierta se hallaba repleta de esos manjares que tanto la habían gratificado, todo estaba dispuesto para la partida... menos su corazón. Por primera vez desde que despertara aquel día en la cabaña de la isla lloró por haber llegado a tan placentero lugar. Sabía que no podía permanecer allí pues la alimentación de aquellos seres era ideal para reponer fuerzas, pero no le aportaba todas las proteínas que necesitaba su organismo, y a la larga hubiera muerto de inanición si permanecía allí. Así pues, se despidió de cada una de las prileidas y se dirigió en silencio hacia la barca, caminando cabizbajo sobre la arena mientras escuchaba el último canto, esta vez de despedida.
Desató las cuerdas que amarraban la balandra a unos maderos en la playa y las lanzó dentro de la barca. Antes de empujarla definitivamente a la mar, se dio la vuelta para observar a las prileidas por ultima vez. Su mirada se fijó en una figura envuelta en túnicas de seda roja que empezaba a caminar a su encuentro. El canto de sus compañeras no cesaba mientras la joven muchacha se desprendía de las telas para devolvérselas a su dueño, pero Onfalí le hizo detenerse, no quería que se deshiciera de ellas. Acercó temblorosamente su mano hasta acariciarle la mejilla mientras se miraban fijamente, con los ojos nublados por las lágrimas contenidas. Lentamente, como de común acuerdo, sus manos fueron descendiendo hasta enlazarse y, sin necesidad de mediar palabra alguna, los dos se encaminaron hacia la barca. Empujándola hacia el agua, saltaron dentro de ella y partieron juntos rumbo a Khalaj-Adum.
El canto de las prileidas congregadas en la playa había sonado triste hasta entonces por la despedida, pero ahora encerraba notas de temor por el futuro de esta joven pareja de enamorados.
Jesús Rocha
Un fuerte y delicioso aroma de comida que se desprendía de una fuente situada sobre la mesa de aquel cuarto le hicieron olvidar esas preocupaciones por el momento. Se sentó en un taburete frente a tan sabrosos manjares y se dedicó a observarlos durante un corto espacio de tiempo. Toda la comida era a base de unos vegetales que no había visto antes con anterioridad. El primero que mordió tenía un sabor muy dulce y era muy jugoso, por lo que dedujo que se trataría de una fruta y la dejó para el final. Continuó probando de uno en uno todos los alimentos que tenía ante sí, hasta que los hubo clasificado, y empezó a comérselos ordenadamente. Las bebidas que habían sobre la mesa eran también zumos de frutas y agua natural, todo fresquísimo y delicioso.
Cuando hubo saciado tanto su sed como su hambre, volvieron a su mente las mismas preguntas que le habían preocupado antes. Como respondiendo a esas incógnitas, llegaron a los oídos de Onfalí, débilmente al principio, como murmullos, unos cantos que provenían del exterior de la cabaña. Aunque se oían bastante distantes, eran cantos de gran belleza, entonados en perfecta armonía. Voces que elevaban sus cánticos hasta hacerse escuchar con una claridad que parecía la representación musical de la pureza o que disminuían su tono hasta hacerse casi imperceptibles al oído de Onfalí. Voces que conducían una misma melodía repetitiva por senderos musicales desconocidos sin la más mínima desviación, como si conocieran la ruta de antemano, aunque se notara la espontaneidad en la elección de cada nota, de cada compás. De pronto una de esas voces se alzaba como un grito de protesta y surgía de ese conjunto monocorde para desarrollar una melodía particular, como el solo de una orquesta, y sin embargo continuaba formando parte de esa armoniosa totalidad. Terminado su soliloquio regresaba a la base melódica repetitiva de la gran masa coral hasta que una nueva voz volvía a convertirse en canto solitario y bello. Una y mil veces.
Hechizado por la música, embriagado por la belleza de aquellas voces, Onfalí había permanecido estático largo rato, evitando hacer el menor ruido, sin saber si su conducta obedecía al deseo de no interrumpir tan hermosa sinfonía o por temor a delatar su presencia en la cabaña.
Largo tiempo pasó el joven pescador escuchando inmutable en la quietud y el silencio de la cabaña los sonidos que, cada vez más cercanos, penetraban en aquel espacio por la ventana abierta en la pared sur de aquella casa, pues como hombre de mar que era, necesitó poco tiempo para orientarse y saber qué hora era por el movimiento del sol. Faltaban un par de horas para el crepúsculo; Onfalí reflexionó unos instantes y decidió que, fueran quienes fueran aquellas personas que entonaban tan bellos cantos, sin duda habían sido ellos sus salvadores, llevándole hasta la cabaña y proporcionándole los alimentos que había comido. Como no tenía nada que temer de aquellas personas, se acercó a la ventana para verlos llegar y saber en qué parte de la costa había escupido la mar su barca.
Iba a apoyar los codos en la repisa de aquella ventana para acomodarse y observar mejor aquel paisaje que había ido descubriéndose ante su vista a medida que se asomaba a ella, pero la impresión que recibió hizo que diera con sus huesos sobre el entarimado del suelo. No había pronunciado una palabra desde que despertara, pero ahora que hubiera querido gritar por la caída, tampoco pudo hacerlo, porque se había quedado sin habla. Colocó sus manos abiertas sobre el cerco inferior de la ventana para poder levantarse y, a medida que lo iba haciendo, fue asomando su sorprendido rostro, con sus ojos abiertos aún más que sus manos y su boca más abierta que sus ojos.
Él, que nunca había creído en la leyenda de las prileidas, observaba ahora a varios de estos jóvenes seres entonar sus bellos cánticos mientras jugueteaban en las aguas transparentes de aquel lago que se extendía en medio de la exuberante vegetación; otros recibían los rayos del sol recostados en las rocas que formaban la orilla, extendiendo sobre ellas sus bellas alas de colores nácar, rojo y ámbar, que reflejaban la luz del sol formando infinidad de pequeños arcos iris sobre la tersa superficie de su plumaje.
Al verle asomado a la ventana, acudieron varios de ellos a saludarle y darle la bienvenida, pero la primera reacción de Onfalí al sentirse descubierto fue la de esconderse para no ser visto, hecho que hizo reír a las prileidas, que llevaban varios días cuidando de sus heridas sin que se diera cuenta. Aunque en principio este encuentro resultó violento para Onfalí, la cautivadora voz de aquellos seres le infundieron pronto confianza y al poco rato se hallaba conversando con ellos sin ningún prejuicio, hablándoles de su ciudad, de sus gentes, de lo que allí pensaban de ellos, de su trabajo, de sus ilusiones, de sus proyectos. Habló de tantas cosas que cuando de nuevo miró a través de la ventana hacía horas que había oscurecido y las prileidas tuvieron que despedirse para ir a descansar y dejarle reposar a él también, pues aún no se hallaba totalmente recuperado de sus heridas.
Cuando despertó al día siguiente, no recordaba dónde se hallaba, pero el aroma de la fruta fresca le trajo a la memoria los hechos del día anterior. Desayunó con verdadero apetito, devorando cada uno de los manjares que le habían servido, distintos todos a los del primer día, y salió de la cabaña para recorrer la isla en compañía de aquellos extraños seres. Desde el principio se sintió a gusto en su presencia, entre las prileidas especialmente, con sus dulces voces, sus hermosos cantos y su belleza: "sí, pensaba, sobre todo por la belleza de sus cuerpos desnudos".
Mientras realizaba su paseo se alegró al ver colgadas en una empalizada, secándose al sol, las telas de seda que su madre le dejara, más resplandecientes ahora que nunca. Quizás fuera el clima de aquella isla, o las frutas, o el agua lo que hacía que todo allí pareciera más hermoso y recordó lo que las viejas historias de Khalaj-Adum contaban de los esplendores de la civilización de Hermedión, en el anillo de las islas del Crepúsculo donde florecía la flor vanidosa, desaparecida mucho tiempo atrás. Sin embargo, al no ver por ningún lado restos de aquella gran cultura extinguida, no volvió a pensar en el asunto, sin saber que realmente sus suposiciones eran acertadas.
Vio también su pequeña balandra sobre la playa y, aunque se notaba que habían comenzado a repararla, le apenó ver el lamentable estado en el que se hallaba. Llegaron es ese momento algunos jóvenes de los que trabajaban en la reparación y le aseguraron que quedaría más hermosa de como él la recordaba, cosa que Onfalí no dudó a la vista del paradisíaco entorno que le rodeaba. Se fue con ellos a recorrer la isla y este paseo no hizo sino confirmar sus impresiones al contemplar los paisajes de aquel lugar: sus flores, sus rocas de caprichosas formas, los pájaros..., nada de aquello le recordaba las imágenes plasmadas en los pocos tapices que había visto en los palacios de Khalaj-Adum cuando de niño acompañaba a su madre a entregar alguno de los trabajos encargados, pues él nunca había vivido otro paisaje que no fuera el de las callejuelas y arrabales de su ciudad o la inmensa superficie de la mar.
Pasó varios días recorriendo aquella isla de un extremo a otro, hablando con cada una de aquellas criaturas, nadando en las transparentes aguas del lago o trepando a los árboles a recoger sus frutos. Comprobó que la leyenda sobre las prileidas acertaba en muchos aspectos, aunque cometía imprecisiones. Así, por ejemplo, sólo algunas de las prileidas tenían los cabellos y los ojos dorados y, aun siendo las más hermosas, había entre ellas muchachas de todo tipo... "de todo tipo de belleza", volvió a pensar Onfalí para sí.
Una de las muchachas que más asiduamente estaba junto a él, haciendo notar en cada momento su presencia con sus risas, sus charlas simpáticas, sus gestos... tenía los cabellos morenos y unos preciosos ojos verdes. Onfalí se fijó inmediatamente en ella, le agradaba su compañía, sentía también cierta atracción hacia ella, pero se veía demasiado diferente a aquella raza de seres. Por eso trató de ahuyentar de su mente cualquier pensamiento que pudiera hacer desembocar esa relación hacia un sentimiento más profundo, porque sabía que su estancia en la isla concluiría algún día no muy lejano y no deseaba sufrir una nueva pérdida de un ser querido.
Al conseguir dominar ese sentimiento que pudo haber albergado en algún momento en su corazón hacia esa prileida de ojos verdes, creyó estar definitivamente inmunizado hacia cualquier relación afectiva con aquellas criaturas. Sin embargo, una mañana, mientras estaba degustando los exquisitos manjares que se servía de desayuno, escuchó una hermosa melodía que le hizo interrumpir su comida para prestar mayor atención. En las semanas que llevaba en la isla había escuchado cantar muchas veces a las prileidas y ya estaba acostumbrado a las sorpresas que le deparaban tan hermosas melodías; había aprendido a reconocer que la belleza de aquel lugar estaba íntimamente ligada a sus cantos, que la transmitían a todo lo que su bello sonido acariciaba. Pero nunca había oído un canto semejante: aunque los hubiera más sonoros, más acordes, más melodiosos, más entonados, más bellos, aquellos sones le estaban llegando al corazón. Abrió su alma por entero para disfrutarlos totalmente, permaneciendo quieto y en silencio, y aquellas notas le hicieron sumirse en un estado de placer y relajación como no había sentido jamás. Se encontró flotando por mundos de inusitada belleza, trasladado a otra dimensión; se sintió como uno de aquellos seres y creyó volar por instantes; se dejó llevar por la calidez de una voz que le transportaba a lugares más paradisíacos aún que los de aquella isla. Aquel canto que estaba cambiando el mundo que le rodeaba también estaba transformando su interior, pero... de quién podría ser aquella voz que le producía tan extrañas sensaciones?. Cómo sería la prileida que había despertado en él esos sentimientos, esa sensación tan inquietante?.
Salió de su cabaña siguiendo la dirección de aquel canto. En el exterior, sobre la arena de la playa, las prileidas daban los últimos toques al mástil de su embarcación mientras otros acababan el carenado del casco: la pequeña balandra había recuperado ya su belleza, superándola con creces. No lejos de allí, otro grupo remendaba las velas para que Onfalí pudiera realizar la travesía de regreso sin ningún problema. Como era su costumbre, todos ellos cantaban al tiempo que trabajaban y era ese canto el que infería tanta belleza a los trabajos que realizaban, pero la voz que continuaba escuchando nítidamente entre todas éstas no era de ninguno de ellos.
Se acercó al lugar donde aún permanecían tendidas al sol las sedas que trajo de su ciudad, su pequeño tesoro, pues cada día aumentaba en belleza, y allí estaba por fin la joven prileida a la que había estado buscando. Había envuelto su cuerpo con las sedas bordadas que flotaban en el aire agitadas por el viento y se ceñían a ella marcando su silueta contra el azulado cielo. El color rojo, el ámbar y el nácar de sus alas parecían el reflejo de la encarnada tela de seda, el hilo dorado que dibujaba los adornos bordados en ella y el nacarado tono de la piel de la muchacha trasparentándose a través de aquel delicado tejido.
Los sentimientos que creía dominados se habían desatado en su interior con una fuerza infinitamente mayor a la jamás hubiera imaginado y supo entonces que nunca había estado enamorado. Su corazón, hasta entonces apagado y dolido por los continuos reveses que había sufrido con la muerte de sus padres, estallaba ahora con la fuerza de una erupción volcánica, inundando con sus ardientes ríos de lava todo lo que encontraba a su paso.
El joven pescador se detuvo muy cerca del rostro de la bella muchacha. Tenía los cabellos dorados y sus ojos parecían de miel al reflejo del sol (te suena?), como afirmaba la leyenda, y ... qué hermosos eran! De nuevo tenía ante su mirada aquellos tres colores mágicos: al ámbar, el nácar y el rojo de las alas; el dorado de los bordados, la purpúrea seda y el nacarado tono de su piel trasparentándose; el color miel de sus ojos y cabellos agitados al viento, el nácar de sus mejillas y su frente, y el tono encarnado de sus labios.
La prileida había dejado de cantar y miraba también a los ojos de Onfalí. Por un momento se sintió incómodo, pues siempre rehuía las miradas directas por temor a delatar sus sentimientos más íntimos, pero la mirada de aquella muchacha no le molestaba, al contrario, deseaba que averiguase todo lo que sentía por ella.
Le había visto varias veces durante su estancia en la isla. Le había oído cantar en otras ocasiones y desde un primer momento le gustó su compañía, pero, por qué sentía ahora esa atracción tan fuerte?
Onfalí no permitió que la muchacha se desprendiera de las sedas que la envolvían, pues creía que estaban tejidas para ella. Durante los pocos días que le quedaban de estancia en la isla no se separaron ni un solo instante, disfrutando de ese joven amor que les unía, aunque no se lo hubieran declarado. Pero por fin las velas de la balandra se alzaron desafiantes al cielo, indicando que el momento de la partida había llegado. La barca estaba definitivamente reparada, la cubierta se hallaba repleta de esos manjares que tanto la habían gratificado, todo estaba dispuesto para la partida... menos su corazón. Por primera vez desde que despertara aquel día en la cabaña de la isla lloró por haber llegado a tan placentero lugar. Sabía que no podía permanecer allí pues la alimentación de aquellos seres era ideal para reponer fuerzas, pero no le aportaba todas las proteínas que necesitaba su organismo, y a la larga hubiera muerto de inanición si permanecía allí. Así pues, se despidió de cada una de las prileidas y se dirigió en silencio hacia la barca, caminando cabizbajo sobre la arena mientras escuchaba el último canto, esta vez de despedida.
Desató las cuerdas que amarraban la balandra a unos maderos en la playa y las lanzó dentro de la barca. Antes de empujarla definitivamente a la mar, se dio la vuelta para observar a las prileidas por ultima vez. Su mirada se fijó en una figura envuelta en túnicas de seda roja que empezaba a caminar a su encuentro. El canto de sus compañeras no cesaba mientras la joven muchacha se desprendía de las telas para devolvérselas a su dueño, pero Onfalí le hizo detenerse, no quería que se deshiciera de ellas. Acercó temblorosamente su mano hasta acariciarle la mejilla mientras se miraban fijamente, con los ojos nublados por las lágrimas contenidas. Lentamente, como de común acuerdo, sus manos fueron descendiendo hasta enlazarse y, sin necesidad de mediar palabra alguna, los dos se encaminaron hacia la barca. Empujándola hacia el agua, saltaron dentro de ella y partieron juntos rumbo a Khalaj-Adum.
El canto de las prileidas congregadas en la playa había sonado triste hasta entonces por la despedida, pero ahora encerraba notas de temor por el futuro de esta joven pareja de enamorados.
Jesús Rocha




