El viaje de regreso a Khalaj-Adum en la balandra fue una travesía llena de amor, llena de confesiones, pues la prileida siempre había esperado del joven Onfalí que le preguntase si deseaba acompañarle y viendo que ese momento nunca llegaba creía que no lo deseaba, aunque ahora estaba contenta de que al fin se disiparan sus dudas, aún sin habérselo preguntado. Fue un viaje de sueños, alegrías, deseos, besos, miradas, caricias, sonrisas, pensamientos, charlas, silencios...
Sin embargo, la joven prileida albergaba un temor en el fondo de su corazón, que Onfalí intuía sin saber de qué se trataba. Por fin le confesó que temía no encajar en el mundo al que se dirigían, no ser aceptada por una civilización hecha para los humanos, que era la propia del pescador, pero en la que ella se sentiría una extraña. La muchacha temía incluso que, por su culpa, Onfalí se enfrentase a su comunidad y acabara rompiendo los lazos con una civilización que, en el fondo y a pesar de lo poco grato que le había reportado, era la suya.
A medida que el viaje llegaba a su fin, este temor iba creciendo dentro del corazón de la joven prileida, quien en varias ocasiones pensó en alzar el vuelo y dejar a Onfalí acabar su viaje en solitario. Pero no se atrevió a abandonarle en medio de la mar.
Con estas dudas embarrancaron por fin la balandra en las finas arenas de Khalaj-Adum, aunque no entraron en la ensenada que protegía el puerto de la ciudad, pues la muchacha no se decidía a entrar en ella, sino que lo hicieron en una arrinconada playa cercana.
Montó Onfalí un refugio con las velas de la balandra para pasar .las noches a cubierto mientras la joven prileida ahuyentaba sus temores. Pero, lejos de disiparse, éstos iban aumentando día a día. Fueron jornadas muy agradables las que vivieron allí, aunque con el regusto amargo de un final incierto, pues aún seguían fuertemente enamorados y era precisamente ese amor lo que hacía pensar a la muchacha que debía regresar a su isla, a su hogar, que su vida debía desarrollarse entre los suyos.
Una mañana, al levantarse, Onfalí escuchó de nuevo aquel canto que una vez le llenara el corazón del amor que aún permanecía en él. Como aquel día en la isla del Crepúsculo..., pero esta vez el canto sonaba con amargura y su corazón se llenó de tristeza y angustia, pues presentía lo que iba a ocurrir. La prileida estaba en pie, envuelta aún en las túnicas de seda, mirando hacia la mar mientras entonaba aquella triste melodía. Había tomado ya la decisión de partir y llamaba con su canto a sus compañeros para que vinieran a recogerla.
De nada sirvió que Onfalí tratara de convencerla de que podrían vivir juntos en Khalaj-Adum como él lo había hecho en la isla; que en la ciudad le acogerían como una más entre ellos; que... pero ella le pidió que no continuase, que no hiciera más dolorosa su partida, pues ya había tomado la decisión. Onfalí ahogó su llanto y se abrazó a ella sin comprender por qué tenía que irse si realmente le amaba.
Cuando la barca de las prileidas apareció en el horizonte, con sus velas color nácar, ámbar y rojo, Onfalí acercó sus labios al oído de la muchacha, a quien se hallaba abrazado, y besándole en la mejilla le anunció la llegada de su transporte.
Ella se le quedó mirando a los ojos y acercando sus labios a la mejilla de él le devolvió el beso, un beso con sabor a despedida. Pero a él no le supo amargo, porque esperaba que ese no fuera el adiós definitivo. Albergaba en su corazón la esperanza de continuar con ella un rato más y despedirla con un beso infinito, como tantos que recordaba; porque si tenían que separarse, quizás fuera con un "hasta que nos volvamos a ver" y no con un adiós.
Ella se dirigió a la orilla y entonó un breve cántico para que la barca se acercara a recogerla. Se quedó mirando cómo ésta se aproximaba saltando por encima de las olas, con sus largos festones de espuma blanca engalanando la superficie de la mar. Estaba allí, mirando hacia el horizonte mientras el viento agitaba sus cabellos dorados y los velos que cubrían su cuerpo.
La embarcación había arribado ya a la orilla y, varada en ella, esperaba a su pasajera. Pero antes de partir definitivamente la prileida escuchó el grito del pescador que le llamaba. Al oírlo dio la vuelta y se encaminó hacia donde Onfalí permanecía quieto desde hacía rato, en silencio, en la misma posición en la que ella le había dejado. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al verla de nuevo dirigiéndose hacia él: se había arrepentido, sus deseos se iban a cumplir, sus súplicas habían sido escuchadas. Siempre había sabido, en el fondo de su corazón, que acabaría desistiendo de su marcha, que su amor era demasiado grande para abandonarle. Cuando la tuvo de nuevo frente a sí se abrazó a ella y, sonriendo de nuevo, le dijo: "Seremos la pareja más feliz del mundo, seguro que todo nos va a salir bien..." pero ella le interrumpió, le separó levemente y, despojándose de las túnicas de seda las dejó en las rudas manos del marinero y le dijo: "No, Onfalí... sabes que no... Toma. Algún día encontrarás alguna muchacha que te hará olvidarme y que llevará estas sedas como yo las he llevado hasta hoy... y serás feliz... muy feliz... ya lo verás". Y dándose la vuelta anduvo un par de pasos y se giró de nuevo para añadir: "Adiós, Onfalí... verás como podrás olvidarme".
La muchacha se encaminó de nuevo hacia la barca mientras Onfalí se quedaba absorto mirando las huellas que sus pies desnudos dejaban en la arena, con los puños apretados con tanta fuerza que las uñas empezaban a desgarrar su dura piel, deseando que volviese, que no subiera a la embarcación, que regresara a besarle y a decirle que algún día se verían..., pero esta vez ya no pudo llamarla, el nudo que aprisionaba su corazón le apretaba también su garganta impidiéndole articular palabra alguna. La hermosa prileida subió al barco y, sin volver su vista atrás, partió rumbo hacia la desconocida isla.
Onfalí se quedó solo, mudo, quieto, sin saber cómo reaccionar, como una estatua clavada en la arena con el único movimiento que el aire imprimía a las túnicas que caían lacias colgando de una mano que ignoraba tenerlas, como ignoraba Onfalí todo el mundo que en ese momento le rodeaba salvo la estela de aquel barco que se iba perdiendo en el horizonte. Pensó en subir a la barca y seguirla... pero su pequeña balandra nunca alcanzaría al veloz barco de las prileidas. Pensó en adentrarse con ella en la mar, en busca de aquella isla... pero sabía que nunca llegaría a encontrarla. Pensó en las últimas palabras de su joven amada... pero sabía que nunca la olvidaría.
Cuando unos días más tarde unos hombres de Khalaj-Adum pasaron por aquel lugar, encontraron la balandra encallada en la arena y unos bellos tejidos de seda en su interior. No encontraron nada más porque la marea había borrado durante la noche los versos que escribiera Onfalí sobre la húmeda arena de aquella playa:
Ay!... Mar brava y furiosa
que matas al que te ama.
Cuánto sufre quien te quiere!
No escuchas al que a ti clama por un amor que se muere?
Cruel mar tempestuosa...
aún así eres hermosa.
Ay!... mar bella, mar calma
compañera, vieja amiga,
hablan tus olas en murmullos,
que me vaya, que la siga,
que me mezan tus arrullos
Ingrata y ruda como mi palma...
que sola dejas mi alma.
Ay!... mar enfurecida
quiero hundirme en ti de lleno
quiero ser tu misma esencia,
tómame ahora en tu seno
para estar en su presencia.
Madre mar embravecida...
pronto harás lo que te pida.
Jesús Rocha
Sin embargo, la joven prileida albergaba un temor en el fondo de su corazón, que Onfalí intuía sin saber de qué se trataba. Por fin le confesó que temía no encajar en el mundo al que se dirigían, no ser aceptada por una civilización hecha para los humanos, que era la propia del pescador, pero en la que ella se sentiría una extraña. La muchacha temía incluso que, por su culpa, Onfalí se enfrentase a su comunidad y acabara rompiendo los lazos con una civilización que, en el fondo y a pesar de lo poco grato que le había reportado, era la suya.
A medida que el viaje llegaba a su fin, este temor iba creciendo dentro del corazón de la joven prileida, quien en varias ocasiones pensó en alzar el vuelo y dejar a Onfalí acabar su viaje en solitario. Pero no se atrevió a abandonarle en medio de la mar.
Con estas dudas embarrancaron por fin la balandra en las finas arenas de Khalaj-Adum, aunque no entraron en la ensenada que protegía el puerto de la ciudad, pues la muchacha no se decidía a entrar en ella, sino que lo hicieron en una arrinconada playa cercana.
Montó Onfalí un refugio con las velas de la balandra para pasar .las noches a cubierto mientras la joven prileida ahuyentaba sus temores. Pero, lejos de disiparse, éstos iban aumentando día a día. Fueron jornadas muy agradables las que vivieron allí, aunque con el regusto amargo de un final incierto, pues aún seguían fuertemente enamorados y era precisamente ese amor lo que hacía pensar a la muchacha que debía regresar a su isla, a su hogar, que su vida debía desarrollarse entre los suyos.
Una mañana, al levantarse, Onfalí escuchó de nuevo aquel canto que una vez le llenara el corazón del amor que aún permanecía en él. Como aquel día en la isla del Crepúsculo..., pero esta vez el canto sonaba con amargura y su corazón se llenó de tristeza y angustia, pues presentía lo que iba a ocurrir. La prileida estaba en pie, envuelta aún en las túnicas de seda, mirando hacia la mar mientras entonaba aquella triste melodía. Había tomado ya la decisión de partir y llamaba con su canto a sus compañeros para que vinieran a recogerla.
De nada sirvió que Onfalí tratara de convencerla de que podrían vivir juntos en Khalaj-Adum como él lo había hecho en la isla; que en la ciudad le acogerían como una más entre ellos; que... pero ella le pidió que no continuase, que no hiciera más dolorosa su partida, pues ya había tomado la decisión. Onfalí ahogó su llanto y se abrazó a ella sin comprender por qué tenía que irse si realmente le amaba.
Cuando la barca de las prileidas apareció en el horizonte, con sus velas color nácar, ámbar y rojo, Onfalí acercó sus labios al oído de la muchacha, a quien se hallaba abrazado, y besándole en la mejilla le anunció la llegada de su transporte.
Ella se le quedó mirando a los ojos y acercando sus labios a la mejilla de él le devolvió el beso, un beso con sabor a despedida. Pero a él no le supo amargo, porque esperaba que ese no fuera el adiós definitivo. Albergaba en su corazón la esperanza de continuar con ella un rato más y despedirla con un beso infinito, como tantos que recordaba; porque si tenían que separarse, quizás fuera con un "hasta que nos volvamos a ver" y no con un adiós.
Ella se dirigió a la orilla y entonó un breve cántico para que la barca se acercara a recogerla. Se quedó mirando cómo ésta se aproximaba saltando por encima de las olas, con sus largos festones de espuma blanca engalanando la superficie de la mar. Estaba allí, mirando hacia el horizonte mientras el viento agitaba sus cabellos dorados y los velos que cubrían su cuerpo.
La embarcación había arribado ya a la orilla y, varada en ella, esperaba a su pasajera. Pero antes de partir definitivamente la prileida escuchó el grito del pescador que le llamaba. Al oírlo dio la vuelta y se encaminó hacia donde Onfalí permanecía quieto desde hacía rato, en silencio, en la misma posición en la que ella le había dejado. Un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al verla de nuevo dirigiéndose hacia él: se había arrepentido, sus deseos se iban a cumplir, sus súplicas habían sido escuchadas. Siempre había sabido, en el fondo de su corazón, que acabaría desistiendo de su marcha, que su amor era demasiado grande para abandonarle. Cuando la tuvo de nuevo frente a sí se abrazó a ella y, sonriendo de nuevo, le dijo: "Seremos la pareja más feliz del mundo, seguro que todo nos va a salir bien..." pero ella le interrumpió, le separó levemente y, despojándose de las túnicas de seda las dejó en las rudas manos del marinero y le dijo: "No, Onfalí... sabes que no... Toma. Algún día encontrarás alguna muchacha que te hará olvidarme y que llevará estas sedas como yo las he llevado hasta hoy... y serás feliz... muy feliz... ya lo verás". Y dándose la vuelta anduvo un par de pasos y se giró de nuevo para añadir: "Adiós, Onfalí... verás como podrás olvidarme".
La muchacha se encaminó de nuevo hacia la barca mientras Onfalí se quedaba absorto mirando las huellas que sus pies desnudos dejaban en la arena, con los puños apretados con tanta fuerza que las uñas empezaban a desgarrar su dura piel, deseando que volviese, que no subiera a la embarcación, que regresara a besarle y a decirle que algún día se verían..., pero esta vez ya no pudo llamarla, el nudo que aprisionaba su corazón le apretaba también su garganta impidiéndole articular palabra alguna. La hermosa prileida subió al barco y, sin volver su vista atrás, partió rumbo hacia la desconocida isla.
Onfalí se quedó solo, mudo, quieto, sin saber cómo reaccionar, como una estatua clavada en la arena con el único movimiento que el aire imprimía a las túnicas que caían lacias colgando de una mano que ignoraba tenerlas, como ignoraba Onfalí todo el mundo que en ese momento le rodeaba salvo la estela de aquel barco que se iba perdiendo en el horizonte. Pensó en subir a la barca y seguirla... pero su pequeña balandra nunca alcanzaría al veloz barco de las prileidas. Pensó en adentrarse con ella en la mar, en busca de aquella isla... pero sabía que nunca llegaría a encontrarla. Pensó en las últimas palabras de su joven amada... pero sabía que nunca la olvidaría.
Cuando unos días más tarde unos hombres de Khalaj-Adum pasaron por aquel lugar, encontraron la balandra encallada en la arena y unos bellos tejidos de seda en su interior. No encontraron nada más porque la marea había borrado durante la noche los versos que escribiera Onfalí sobre la húmeda arena de aquella playa:
Ay!... Mar brava y furiosa
que matas al que te ama.
Cuánto sufre quien te quiere!
No escuchas al que a ti clama por un amor que se muere?
Cruel mar tempestuosa...
aún así eres hermosa.
Ay!... mar bella, mar calma
compañera, vieja amiga,
hablan tus olas en murmullos,
que me vaya, que la siga,
que me mezan tus arrullos
Ingrata y ruda como mi palma...
que sola dejas mi alma.
Ay!... mar enfurecida
quiero hundirme en ti de lleno
quiero ser tu misma esencia,
tómame ahora en tu seno
para estar en su presencia.
Madre mar embravecida...
pronto harás lo que te pida.
Jesús Rocha




