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Home Los cuentos del Viejo Patrón KHALAJ-ADUM El señor de los acantilados

El señor de los acantilados

 
A Benjamín le costó trabajo separar la ficción de la realidad siempre. Tanto que ahora, saliendo de la piadosa anestesia, la silenciosa sala de recuperación le parece tan irreal como la historia que tendrá que contar al médico que le espía a través del cristal.

El señor de los acantilados

Sobre el acantilado, impúdico, se yergue el castillo. Durante siglos ha resistido el perpetuo embate del salitre y la brisa marina. Bordeando el acantilado, los nichos de las murallas son refugio apetecido por los cangrejos que a la sombra herrumbrosa de los cañones esperan que baje la marea para esconderse presurosos entre las rocas húmedas.

El promontorio es también el paraíso de las gaviotas. Majestuosas, se elevan dibujando una estela de plata en el cielo azul. Al rumor del oleaje y al fragor de la brisa se sobreponen los chillidos de las gaviotas semejando reproches de amor.

Todos los días, una mujer vestida de blanco-nube emerge de la tarde rumbo al acantilado, y el viento que siluetea su soledad trae el eco de algunos versos desgranados en la playa. Luego desaparece en el crepúsculo, como si el sol en su despedida la disbujara en la acuarela de la noche.

Benjamín cree que es una doncella en busca de su destino mientras la mira de soslayo y continua colgando plomos en su atarraya.

Alguna vez Benjamín oyó contar al viejo Jerónimo que antes de que los alisios desaten su furia sobre el Caribe colombiano, el Señor de los Acantilados exige que una joven virgen mitigue sus bríos.

Indira emerge de los manglares. Envuelta en su humedecida túnica de algodón parece una gaviota volando con el viento a su favor. Ella siente una irresistible atracción por los acantilados y alguna vez ha robado al mar tesoros que las olas depositan en las rocas mientras suelta al viento algunos versos aprendidos al Capitán.

Alguna vez Indira oyó contar a la vieja Ermencia que antes de que los alisios desaten su furia sobre el Caribe colombiano, la desgracia se cernirá sobre el antiguo puerto y el Señor de los Acantilados cobrará otra víctima.

Cuando Benjamín preguntó a Jerónimo por el origen de esa leyenda, el viejo pescador le contestó que era tan antigua como el cementerio indígena oculto bajo los trupillos a los pies del cerro.

Cuando Indira preguntó a Ermencia por el sentido de su presagio, la vieja tejedora de redes le contestó que el rumor del mar solía hablarle de los designios del Creador y que solo necesitaba conocer el lenguaje de los cielos para entender lo que otros sentidos no podían percibir.

Una palabra no escrita marca el lecho donde reposa el espíritu de la oscuridad. Indira lo delínea con nácares y corales para no perder el rumbo que lleva.

Benjamín remarca sobre las huellas de Indira las huellas sigilosas de su curiosidad.

Un canto sublime, una virgen voz golpea con sus nudillos de ternura el pétreo silencio de la gruta:

- Hazme tuya, Señor de los Acantilados...

La oscuridad, susceptible al dulce reclamo responde de inmediato con un estentóreo rugido que brotando de lo profundo llena de espumas las crestas de las olas y hace huir despavoridas a las gaviotas.

- ¿ Qué oscuridad ciñe tus días y enciende tus noches ?

- Señor, tu magia fluye hasta mí por los caminos misteriosos de los sueños y los desvelos. Dame, Señor, una frase, un verso, cualquier palabra o rima para desplegar mis alas y volar hacia el telón del horizonte.

- Bella mía, sólo las gaviotas pueden volar hacia el horizonte buscando una permanente comunión con el azul.

Postrada de hinojos, la bella suplica.

- Dame alas, Señor, para llegar allí donde nacen las brisas e invierna la primavera, donde el pasado comienza y el futuro reposa. Allí están mis sueños, atados a las incontables vueltas que da el destino.

Benjamín percibe el suspiro que exhalan las rocas repentinamente golpeadas por la impaciencia de un mar bravío.

- Deja en libertad a la mujer que eres...

Indira entonces se despoja de su blanca túnica humedecida y desatando los nudos de sus sandalias trastoca en belleza su vulnerable desnudez. Las gaviotas reverentes remontan su vuelo. El viento calla, las olas enmudecen. Ruge el cantil:

- Yo soy quien soy, a quien siempre has esperado, el poeta que soñaste desde niña. Cruza los mares toca otras heridas enciende cirios en otros templos trasciende las horas de tu calendario deja que otro sol te unja y que otra luna te avasalle. Borra tus silencios con mis oscuridades.

Afuera, la tarde se ha tornado plomiza; las gaviotas se refugian tras las dunas y los cangrejos horadan sus nidos en las blandas arenas de la playa.

Gime la centella, solloza el trueno. El mar embravecido se abalanza contra el promontorio golpeando con furia los póstigos del terror.

Benjamín salta al lecho de coral y nácar donde la doncella abraza su destino. En su inmaculada entrega el presagio de Ermencia pareciera estar cobrando su verdad.

Indira siente que una saeta de oro y plata deshace su comunión con la oscuridad. La legendaria sentencia de Jerónimo naufraga.

Mar y viento regresan conjugando su furia. El castillo se derrumba sobre el promontorio. El promontorio sucumbre a la sevicia del embate. La lluvia lo cubre todo ...

El doctor se acerca a Benjamín, y despacio, modulando lentamente le dice:

- ¿ Puedes oirme ? Estás a bordo del buque Gloria de la Armada de la República de Colombia. Soy el médico de abordo. El huracán Virginia ha devastado el puerto donde vivías. Te hemos rescatado del mar, flotabas a la deriva aferrado a unos viejos maderos. ¿ Lo recuerda ? ¿ Recuerdas tu nombre ?

- Indira, Indira ... - se esfuerza por decir Benjamín.

- ¿ Indira ? ¿ Así se llamaba la mujer que vestía esta túnica ?

Antes que la piadosa anestesia vuelva ha sumirlo en un sueño profundo, Benjamín invoca la vulnerada desnudez de la doncella.

Cuando regrese a la playa, Benjamín verá que las gaviotas ya no sobrevuelan el cantil ni anidan bajo el palmar ... y escuchará que entre las filosas rocas el viento desgrana un canto, un reproche. Tal vez sea un oscuro sollozo de amor.


Carmen García V.
 
Día Mundial de Nuestra Madre Tierra 2012
 

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* Publicado en Todo el amor II. Nueva Imagen, 2002. p. 143.

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