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Alucinaciones

 
Gerardo se situó debajo del manguerote de ventilación que estaba justo encima, del telégrafo por donde llegaban las órdenes del puente a la sala de máquinas. Detrás, el viejo motor de propulsión del barco resollaba cansina y acompasadamente; como si con cada embolada dejara escapar un lamento por la perdida de vigor de sus diez mil caballos de potencia originales. Enfrente, tenía los tres motores auxiliares alineados paralelamente de babor a estribor. Dos de ellos, parecían desafiar todas las leyes de la física. Perdían aceite por los cuatro costados y vibraban desesperadamente en su esfuerzo por arrastrar las dinamos generadoras de corriente.

El ambiente apestaba a gasóleo.

Cerró los ojos y levantó la cara. De golpe, todo el aire incidió sobre ella, resbalando después por el resto de su cuerpo. El chorro forzado cargado de humedad, engañosamente fresco comparado con el bochorno de la sala de máquinas, le produjo un alivio tan instantáneo, como efímero fue, el proceso natural de la evaporación de su copioso sudor. Pero como aquel era el lugar menos agobiante del compartimento, se refugió allí como siempre que sus obligaciones en la guardia se lo permitían... Y ahora, era el momento de fumar un cigarrillo.

Había estado peleando más de una hora con la bomba de achique de sentinas, hasta doblegar su tozudez, reactivándola al servicio. Entraba mucha agua por la empaquetadura del eje de la hélice, y obligaba a achicar constantemente demandando un trabajo suplementario a las bombas, que ya no estaban para tales trotes. Le parecería justo que se negaran a resistir hasta que el buque pudiera varar en dique seco y cambiaran el sistema de sellado...

El barco, después del tute del último año estaba pidiendo a gritos una reparación a fondo. Pero algunos problemas podrían seguir trampeándose indefinidamente, otros, provocaban la vigilancia desesperada, del reloj, que se empeñaba en desgranar las cuatro horas de cada turno, con lentísima agonía. Los extractores del túnel del eje estaban averiados y, con ésto, la renovación de aire en la cámara principal, insuficiente. Los siete pistones del motor perdían compresión al cárter y, unas cuantas culatas, exhalaban gases cargados de azufre de la combustión.

Aquella monstruosa máquina se parecía más a la mitológica Hidra de siete cabezas, que a cualquier ingenio desarrollado por la técnica. La atmósfera que se respiraba en la sala de máquinas estaba excesivamente cargada. Por eso, cualquier excusa para permanecer un tiempo, en los lugares con alguna ventilación, se aprovechaba hasta el último segundo.

Ante tantos imponderables, a Gerardo no podía preocuparle ya, el daño que un poco más de humo de tabaco pudiera causar en sus pulmones.

Se apartó del conducto de ventilación ladeando el cuerpo, y encendió el pitillo. Después, dejándose envolver de nuevo por el manantial de aire, aspiró profundamente y esperó a que la nicotina llegara a su torrente sanguíneo.

Apenas le quedaba una hora para salir de guardia. El tiempo se le echaba encima, pues todavía le quedaban algunos asuntos que resolver con aquel engendro de la mecánica antes de ser relevado.

Recopiló mentalmente sus obligaciones: llenar el tanque de combustible, volver a reachicar, eliminar una fuga de gas en el compresor frigorífico y, por último, rellenar el parte. Estimó que le quedaba tiempo y que podía intoxicarse un poco más, encendiendo un segundo cigarrillo. Después del cuerpo a cuerpo con la bomba de achique, y ante su cita irremediable con el amoniaco; necesitaba estimularse un poco.

Le provocaba cierto desasosiego entrar en el compartimento de las máquinas frigoríficas.

El constructor del maldito barco había situado los compresores en el lugar menos ventilado de la cámara de máquinas. Por muy bien ajustados que estuvieran siempre persistían, pequeñas fugas, y el penetrante olor del amoniaco hacía insufrible cualquier intervención allí dentro.

Durante las inspecciones obligadas en su turno de guardia, aguantaba la respiración exigiendo un ejercicio extraordinario a sus pulmones. Algunas veces pensaba que con tanto entrenamiento podría dedicarse al submarinismo.

Como siempre, tenía muy pocas ganas de visitar ese lugar. Pero si la fuga aumentaba, el gas acabaría adueñándose de la sala de máquinas siendo entonces difícil de controlar.

No obstante, a Gerardo, lo que ciertamente le impresionaba cada vez que trabajaba en la "cámara de los horrores", era el recuerdo que, sin proponérselo, siempre retornaba a su memoria, como para amedrentarle a propósito y anquilosarle los reflejos.

Cada vez, intentaba distraer la atención en cualquier cosa. Pero era superior a sus fuerzas. En el interior de ese lugar tenía la sensación de que no estaba solo; de que alguien le vigilaba... Y eso desquiciaba su temple.

Sabía que se atemorizaba sin motivo, pero desde que le amargaron la primera comida a bordo, como a todos los novatos, contándole con morbosa teatralidad la muerte de un maquinista en el cuarto de compresores, no podía desprenderse de esa compañía.

Tiró el cigarrillo. Se dirigió al taller y se proveyó de llaves. Comprobó el nivel del tanque de gasoil y arrancó la bomba de llenado. Después de reachicar el túnel del eje, con la resignación acostumbrada, se dirigió a las frigoríficas. Antes de entrar oxigenó sus pulmones con varias inspiraciones profundas; como si fuera a zambullirse para intentar bucear hacia un fondo desconocido, y entró en el compartimento.

Había tenido suerte. El prensaestopas de una válvula, situada junto a la puerta, perdía con un ligero siseo. Lo apretó y se mantuvo vigilante para comprobar que estancaba. De pronto, le pareció notar, en la nuca, el aliento de alguien que se encontraba muy cerca y se revolvió con los cabellos erizados.

¡Estaba solo!

Salió medio aturdido y tomó ávidamente una gran bocanada de aire.

Automáticamente; cuando estaba fuera, se le pasaba al instante. Pensó que pudieran ser alucinaciones provocadas por la carencia de oxigeno en su cerebro.

Esta vez, tardó en serenarse. Nunca lo había percibido con tanta intensidad... Se propuso olvidar el incidente. Paró la bomba de trasiego de combustible, y se fue derecho a rellenar el parte de guardia. Tenía el tiempo contado...

Mientras escribía se acordó de su familia. Pronto haría siete años de su matrimonio. Tenía muchas ganas de verlos a todos. Especialmente al pequeño. Había podido dedicarle poco tiempo en las dos últimas campañas. Siempre le extrañaba mucho al regreso de los viajes. Pero cuando llegaba la hora de partir, se agarraba a sus brazos sin querer soltarse, y a su padre le significaba un duro suplicio separarse del chico. El mayor, con sus cuatro años, era ya un hombrecito.

Hizo un esfuerzo en aquel ambiente infernal, dominado por el calor y olores casi sobrenaturales, para recordar el seductor perfume de su esposa... Pero fue inútil...

Un fuerte estampido le sacó de sus pensamientos. Había sonado por encima del ruido de los motores, como el disparo de una escopeta. Alarmado, echó una ojeada a la cámara de máquinas que abarcaba desde su punto de observación, sin apreciar algo anormal. Pero al instante, instintivamente, pensó en la frigorífica y corrió hacia allí. A varios metros de distancia ya pudo percibir un alto nivel de amoniaco en el aire.

Debía actuar rápidamente. Había cometido una estupidez dejándose engañar por la pequeña fuga que eliminó anteriormente. ¡Por culpa de su miedo injustificado... los árboles no le dejaron ver el bosque!

Sin tomar excesivas precauciones, penetró en la asfixiante nube de gas.

Tuvo que cerrar inmediatamente los párpados, pues el irritante amoniaco escoció sus ojos al contacto.

Se paró un momento y ordenó sus ideas. Sabía lo que tenía que hacer y donde estaba cada cosa. A tientas, buscó su primer objetivo: ¡Tenía que parar el compresor! De un golpe hizo saltar el volante del reóstato del motor eléctrico.

Inmediatamente, oyó cómo se paraba la máquina, herida de muerte.

A continuación, buscó la válvula de salida del condensador. No sabía dónde estaba la rotura y decidió interrumpir el circuito por el mayor número de partes. ¿Estaba agarrotada o era el miedo que minaba sus fuerzas...?

Consiguió su propósito...

Giró a la izquierda y a manotazos encontró la válvula de salida del recipiente acumulador de gas. Se detuvo un instante pues se sentía algo mareado.

Sus pulmones empezaban a reclamarle oxigeno. Todavía podría aguantar un tiempo. Pero pensó, que no debió dejarse aconsejar por las prisas, y haber tomado más reserva de aire. Nunca, en su vida profesional, había actuado tan alocadamente...

Se agolparon en su cabeza multitud de ideas, pensamientos, recuerdos. Como si la descarga de adrenalina hiciera funcionar todas las partes de su cerebro a pleno rendimiento. Y el caso era que, mientras coordinaba sus frenéticos movimientos, era capaz de procesar, al unísono, todos los datos. Recordó de nuevo a su familia. Le vinieron a la memoria con extraordinaria rapidez, un cúmulo de situaciones entrañables vividas con ellos. Recordó el llanto de sus chiquillos recién nacidos. Incluso, pudo percibir con nitidez, en aquella atmósfera pestilente, el olor de su hembra...

Apretó fuertemente la válvula. Su pecho empezó a contraerse y expandirse en el acto reflejo de sus pulmones queriendo respirar. ¡Tenía que acercarse al compresor e incomunicarlo con sus válvulas de espiración y descarga! Había dado ya un par de vueltas sobre sí mismo en su desesperado esfuerzo. Tuvo que detenerse un instante para orientarse... ¡Sí...! El compresor estaba a su espalda Cuando se dio la vuelta, le fallaron las piernas. Estuvo a punto de caer y se agarró a una tubería que, alargando el brazo, encontró como tabla de salvación.

Fue entonces cuando empezó a notar su presencia.

Alguien llegaba en su auxilio y no era su "fantasma", pues no le tuvo miedo; algo había en él, que le tranquilizaba. Comenzó a cerrar la válvula de descarga que le costó una eternidad... Ya no podía más. Pero debía hacer el último esfuerzo... Consiguió terminar y proseguir con la otra. Acabó de dar las últimas vueltas, al volante, arrodillado delante del compresor. Sus pulmones estaban a punto de estallar... y cayó desfallecido. Pero pudo darse perfecta cuenta de cómo, el amoniaco, aprovechando traicioneramente el instinto de supervivencia, se deslizó por su boca de par en par abierta, como en la de un pez fuera del agua... Porque, a pesar de todo... se mantenía consciente...

Su salvador le ayudó a levantarse y le arrastró hasta la salida. Cuando estuvieron fuera, oyó cómo, de un golpe, cerraba la puerta estanca y echaba las trincas. No llegó a verle... En ese preciso instante perdió el conocimiento...

Despertó en el camarote rodeado de tripulantes que le sonreían y felicitaban por su hazaña. Preguntó, si quién le ayudó a salir de la "frigo", había sido su relevo, puesto que el accidente ocurrió al filo de las dos guardias. Le explicaron, con sorpresa, que nadie pudo auxiliarle. Cuando detectaron un nivel anormal de amoniaco en la cubierta y bajaron a la sala de máquinas, él solo, había acabado con la situación de emergencia. Le encontraron tendido sobre las planchas del suelo, llevándole inmediatamente a cubierta. Le aplicaron la respiración artificial y le mantuvieron un buen rato al aire libre. Cuando consiguieron recuperarle, lo trasladaron al camarote, y al poco; en ese preciso instante, acababa de volver en sí.

Gerardo pensó malhumorado que el gas le había vuelto a gastar una mala pasada. ¡De nuevo había tenido alucinaciones!...

Los compañeros, dándole palmaditas, de animo, fueron abandonando el camarote para dejarle descansar...

Gerardo en poco tiempo estuvo recuperado, y volvió a montar guardia...

Durante las largas horas que pasaba en la máquina, una sensación extraña le embargaba. Ya no sentía miedo... porque, aunque no podía contárselo a nadie... ya sabía quien le había salvado la vida...

Decidió que debía agradecérselo de alguna manera, y que lo mejor que podía hacer al desembarcar, era visitar su tumba y llevarle unas flores. Quizás hacía mucho tiempo que nadie se acordaba de él...

... Caminaba por la avenida central, guarecido por la refrescante sombra de dos hileras de frondosos cipreses.

Una lagartija cruzó por delante de sus pies, sin asustarse; como si le conociera de siempre. Un pajarillo afinaba sus trinos, ensayando el cortejo para su amada, quebrando, irreverente, el recogimiento del cementerio. Flamante, con su meticuloso maquillaje; con todos sus colores; casi descarada, una mariposa revoloteó cerca de su cara.

La mañana de la recién estrenada primavera, parecía transportarle a otra dimensión, totalmente opuesta a la del insalubre barco.

Ante la maravillosa naturaleza los blanqueados sepulcros le llenaban de vitalidad...

Reparó en un grupo de personas enlutadas, que al fondo del pasillo acompañaban por última vez a un ser querido. Poco a poco los tuvo más cerca. Una mujer rigurosamente vestida de negro, lloraba. Dos niños pequeños la acompañaban. Algunos familiares y amigos trataban de consolarlos.

De pronto se dio cuenta...
¡Era su esposa...!
Gritó con todas sus fuerzas.
Pero nadie advirtió su presencia.
Gritó, y gritó más, sin comprender lo que ocurría...
Miró entonces hacia la tumba.
Y allí; en el frío mármol, estaba esculpido su nombre...
 
 
Vicente Peralt Piera - España
 

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