Mi primer encuento con la justicia ocurrió a los 13 años. Mala edad para tratar de comprender las injusticias. Ocurrió, quien creyera, en la biblioteca del Honorable Juez Benitez, la noche del quinceañero de su hija.
Antes de la celebración, y frente el espejo de mi habitación, la nana se afanaba en estirarme la falda del vestidito de crepé y encajes ... y la falda se negaba obstinadamente a bajar. Tengo que reconocer que no era aún conciente de la carga erótica que podía arrastrar ... y no entendía los afanes de la nana. Tampoco quería preguntar sus motivos pues conocía sus peroratas sobre la frescura juvenil y la ociosidad de esconder bajo el maquillaje la lozanía de la edad... Por nada del mundo quería que al enfado suyo se sumara la recriminación paterna. ¡ Ya vestida como señoritinga y sin haber reglado por primera vez ... Dios mío, cuánta necedad la de ésta juventud ! ... era el último argumento que la nana esgrimía contra mis recién adquiridos atuendos de moda.
Cuando recibí la invitación al quinceañero, la nana rezongó porque yo no estaba en edad de asistir a esas fiestas ... pero, claro, mi madre la hizo callar pues se trataba de una de las familias mas honorables de la ciudad, nada menos que la del Juez Benitez, el hombre que por su temple y carácter imponía la verdad sobre cualquier interés político, económico y social sin que le temblara el pulso y sin que sus veredictos tuvieran la mínima posibilidad de revocatoria. Además, Martha era mi compañera de curso.
Martha Benitez hablaba de su padre con reverencia ... actitud algo inusual en una adolescente, y ponderaba su rectitud. No me eran desconocidos los comentarios elogiosos de los universitarios, pues mi hermano mayor, a la sazón estudiante de derecho, solía mencionar sus intervenciones en la Facultad como una verdadera cátedra de ética... No había duda que el Honorable Juez Benitez era el más justo de los hombres.
Cuando del brazo de mi padre entré a la mansión de los Benitez, me complació el cálido recibimiento del juez ... y me conmovió la vehemente disculpa de mi padre por no poderme acompañar durante la noche, pues debía atender otros compromisos sociales. ¡ Ah ! su actividad social iba bien llevada de la mano con sus intereses económicos ... intereses que no involucraban tratos con la justicia.
Así que pronto me mezclé con mis compañeras de colegio, amigas y vecinas ... alguno que otro nervioso saludo con los miembros del sexo opuesto, y respetuosas venias a los mayores. Como un gong, resonaban en mi cabeza las múltiples lecciones de glamour de mi madre y los consejos de mi nana, amén de los relicarios de condenaciones que proferían las monjas durante la primera oración de la mañana por si osaba romper el frágil protocolo de mi recién estrenada condición de asistente a eventos sociales nocturnos.
Yo sentía que mi dignidad dependía de la lisura de la tela de mi vestido... y al desgarbo adolescente, había que abonarle la tensión que mis hormonas desbocadas añadían a mis primeros encuentros sociales.
Cuando la charla insulsa de mis amiguitas me cansó, y las críticas a los atuendos de los que bailaban me hastió ... estuve largo rato contemplando la decoración del gran salón de baile, con su araña de bacarat, sus ventanales de blanco esmaltado, y las cortinas de dorado brocado. Reinaba el buen gusto en la casa ... y los toques de tules y claveles rosados, además de los artísticos candelabros con sus cirios iridiscentes, daban a la mansión un toque de castillo, de cuentos de hadas, el marco perfecto para que la tierna Martha despertara a su primavera.
Una pesada puerta cerraba el paso a la biblioteca del Juez y varias veces estuve tentada a cruzarla... Recuerdo que sólo una vez había estado allí con mi compañera, en una de las frecuentes tardes de estudio, buscando la biografía de algún destacado escritor cuya importancia no había considerado la eficiente bibliotecaria del colegio... y las hileras de libros, finamente empastados, me subyugaron. ¡ Si en mi casa tuviera una biblioteca como esa, seguro estos hombros no conocieran la luz del sol ! ... fué el comentario que le hice a mi amiga, y ella me miró con esa mirada que provocan los exabruptos ... pues conocía de mis frecuentes tardes de piscina y paseos en bicicleta, y renegaba de mi pasión por los libros.
En medio del bullicio cedí a la tentación y me escabullí a la biblioteca.
Las luces se hallaban encendidas para aquellos que quisieran hacer uso del teléfono, o del baño al que se accedía por una puerta lateral. No había nadie allí, y comencé a leer los títulos ... volumen tras volumen me imaginaba las largas horas que pasaría tendida en los confortables sillones de cuero leyendo, captando el mundo mágico que encierran las tapas de los libros, viajando sin andar ... vestida con el atuendo de la época que el novelista describiera, adoptando las costumbres que el relator recreara, sintiendo las emociones que a mi escasa edad apenas si podía suponer que existieran.
No puedo precisar en que momento dejé mis zapatos de raso tirados junto al sillón y mucho menos cuánto tiempo hacía que Balzac me había sacado del ensueño del baile para enseñarme una piel de zapa ...
El caso es que Martha entró a la biblioteca, escoltada por Alvaro y José Luis ... a los cuales les regaló su mejor sonrisa soltando una frase lapidaria para mí: - Se los dije ... sabía que estarías aquí, ratón de biblioteca... Y se perdió tras la puerta del baño.
Tuve conciencia de mi dignidad desaliñada pues mi traje mostraba las arrugas de una no muy glamorosa posición, piernas por encima de los cojines del mullido sofá ... Unos centímetros más arriba de las ligas de encaje terminaba el ruedo de la falda, y torpemente trataba de recobrar la compostura. Haciendo gala de su caballerosidad, Alvaro se sentó a mi lado y recogió mis zapatos, con lo cual impidió que me sentara... mientras que José Luis, hincado junto al sillón se aprestaba a colocármelos. ¡ La Cenicienta recobraba sus zapatillas de cristal ! Me reprochaban la repentina ausencia de la fiesta ... y yo reía halagada, avergonzada, nerviosa, molesta, incómoda... más por los reproches que por la compostura perdida.
Entonces la puerta del salón se abrió y el Juez Benitez entró ... Sólo una mirada y todo el peso de su mente retorcida me juzgó y condenó. No hubo forma de explicar, de presentar pruebas, de argumentar evidencias circunstaciales. Los culpables habían sido cogidos in fraganti ... La condena se profirió sin escuchar descargos ... y el veredicto me extraditó a la más baja escala, la más perversa, la indigna. Usó como lápida su torpe apreciación. No dudo que el influjo del alcohol contribuyó a tan errado juicio.
Cuando Martha salió del baño, por nuestras caras dedujo que algo extraño había sucedido ... Cuando le explicamos la absurda pose en que nos encontrábamos cuando su padre atinó a entrar, palideció: conocía de sobra la severidad del juez.
Retornamos a la sala, trémulos aún de verguenza, sintiendo el peso de una injusta duda sobre mi frágil inocencia. Sentía que todo el mundo me miraba... había perdido una dignidad que aún no sabía que tenía. Según el juez y su séquito social, ya no era virgen, aún cuando ni siquiera sabía que para ser mujer tendría que perder la virginidad ... y yo me aferraba con fuerza a una virginidad que no sabía dónde se guardaba.
Nunca más volví a la casa de Martha Benitez ... Esa fiesta siempre quise olvidarla y sin embargo se repetía como pesadilla recurrente en mis mas negras noches. Durante años, la sombra de una culpabilidad sin presunción de inocencia me acompañó. Pero también se empañó mi fé en la justicia.
Algunos años después, cuando al fin perdí la virginidad ... y recordé esa mueca de reproche que con el Juez me condenó, una sonora carcajada me estremeció. Mi pareja sonrió complacida, suponiendo que era la felicidad recién encontrada en mi primer orgasmo.
¿ Cómo desilusionarlo ? ¿ Cómo explicarle que acaba de entender que la dignidad de una mujer no se rasga tan fácilmente como a un himen ?
Hace poco han demolido la abandonada mansión del Honorable Juez Benitez ... dicen que por las noches, por sobre los escombros se oye golpear un mazo llamando al orden... A lo mejor, justicia si hay.
Antes de la celebración, y frente el espejo de mi habitación, la nana se afanaba en estirarme la falda del vestidito de crepé y encajes ... y la falda se negaba obstinadamente a bajar. Tengo que reconocer que no era aún conciente de la carga erótica que podía arrastrar ... y no entendía los afanes de la nana. Tampoco quería preguntar sus motivos pues conocía sus peroratas sobre la frescura juvenil y la ociosidad de esconder bajo el maquillaje la lozanía de la edad... Por nada del mundo quería que al enfado suyo se sumara la recriminación paterna. ¡ Ya vestida como señoritinga y sin haber reglado por primera vez ... Dios mío, cuánta necedad la de ésta juventud ! ... era el último argumento que la nana esgrimía contra mis recién adquiridos atuendos de moda.
Cuando recibí la invitación al quinceañero, la nana rezongó porque yo no estaba en edad de asistir a esas fiestas ... pero, claro, mi madre la hizo callar pues se trataba de una de las familias mas honorables de la ciudad, nada menos que la del Juez Benitez, el hombre que por su temple y carácter imponía la verdad sobre cualquier interés político, económico y social sin que le temblara el pulso y sin que sus veredictos tuvieran la mínima posibilidad de revocatoria. Además, Martha era mi compañera de curso.
Martha Benitez hablaba de su padre con reverencia ... actitud algo inusual en una adolescente, y ponderaba su rectitud. No me eran desconocidos los comentarios elogiosos de los universitarios, pues mi hermano mayor, a la sazón estudiante de derecho, solía mencionar sus intervenciones en la Facultad como una verdadera cátedra de ética... No había duda que el Honorable Juez Benitez era el más justo de los hombres.
Cuando del brazo de mi padre entré a la mansión de los Benitez, me complació el cálido recibimiento del juez ... y me conmovió la vehemente disculpa de mi padre por no poderme acompañar durante la noche, pues debía atender otros compromisos sociales. ¡ Ah ! su actividad social iba bien llevada de la mano con sus intereses económicos ... intereses que no involucraban tratos con la justicia.
Así que pronto me mezclé con mis compañeras de colegio, amigas y vecinas ... alguno que otro nervioso saludo con los miembros del sexo opuesto, y respetuosas venias a los mayores. Como un gong, resonaban en mi cabeza las múltiples lecciones de glamour de mi madre y los consejos de mi nana, amén de los relicarios de condenaciones que proferían las monjas durante la primera oración de la mañana por si osaba romper el frágil protocolo de mi recién estrenada condición de asistente a eventos sociales nocturnos.
Yo sentía que mi dignidad dependía de la lisura de la tela de mi vestido... y al desgarbo adolescente, había que abonarle la tensión que mis hormonas desbocadas añadían a mis primeros encuentros sociales.
Cuando la charla insulsa de mis amiguitas me cansó, y las críticas a los atuendos de los que bailaban me hastió ... estuve largo rato contemplando la decoración del gran salón de baile, con su araña de bacarat, sus ventanales de blanco esmaltado, y las cortinas de dorado brocado. Reinaba el buen gusto en la casa ... y los toques de tules y claveles rosados, además de los artísticos candelabros con sus cirios iridiscentes, daban a la mansión un toque de castillo, de cuentos de hadas, el marco perfecto para que la tierna Martha despertara a su primavera.
Una pesada puerta cerraba el paso a la biblioteca del Juez y varias veces estuve tentada a cruzarla... Recuerdo que sólo una vez había estado allí con mi compañera, en una de las frecuentes tardes de estudio, buscando la biografía de algún destacado escritor cuya importancia no había considerado la eficiente bibliotecaria del colegio... y las hileras de libros, finamente empastados, me subyugaron. ¡ Si en mi casa tuviera una biblioteca como esa, seguro estos hombros no conocieran la luz del sol ! ... fué el comentario que le hice a mi amiga, y ella me miró con esa mirada que provocan los exabruptos ... pues conocía de mis frecuentes tardes de piscina y paseos en bicicleta, y renegaba de mi pasión por los libros.
En medio del bullicio cedí a la tentación y me escabullí a la biblioteca.
Las luces se hallaban encendidas para aquellos que quisieran hacer uso del teléfono, o del baño al que se accedía por una puerta lateral. No había nadie allí, y comencé a leer los títulos ... volumen tras volumen me imaginaba las largas horas que pasaría tendida en los confortables sillones de cuero leyendo, captando el mundo mágico que encierran las tapas de los libros, viajando sin andar ... vestida con el atuendo de la época que el novelista describiera, adoptando las costumbres que el relator recreara, sintiendo las emociones que a mi escasa edad apenas si podía suponer que existieran.
No puedo precisar en que momento dejé mis zapatos de raso tirados junto al sillón y mucho menos cuánto tiempo hacía que Balzac me había sacado del ensueño del baile para enseñarme una piel de zapa ...
El caso es que Martha entró a la biblioteca, escoltada por Alvaro y José Luis ... a los cuales les regaló su mejor sonrisa soltando una frase lapidaria para mí: - Se los dije ... sabía que estarías aquí, ratón de biblioteca... Y se perdió tras la puerta del baño.
Tuve conciencia de mi dignidad desaliñada pues mi traje mostraba las arrugas de una no muy glamorosa posición, piernas por encima de los cojines del mullido sofá ... Unos centímetros más arriba de las ligas de encaje terminaba el ruedo de la falda, y torpemente trataba de recobrar la compostura. Haciendo gala de su caballerosidad, Alvaro se sentó a mi lado y recogió mis zapatos, con lo cual impidió que me sentara... mientras que José Luis, hincado junto al sillón se aprestaba a colocármelos. ¡ La Cenicienta recobraba sus zapatillas de cristal ! Me reprochaban la repentina ausencia de la fiesta ... y yo reía halagada, avergonzada, nerviosa, molesta, incómoda... más por los reproches que por la compostura perdida.
Entonces la puerta del salón se abrió y el Juez Benitez entró ... Sólo una mirada y todo el peso de su mente retorcida me juzgó y condenó. No hubo forma de explicar, de presentar pruebas, de argumentar evidencias circunstaciales. Los culpables habían sido cogidos in fraganti ... La condena se profirió sin escuchar descargos ... y el veredicto me extraditó a la más baja escala, la más perversa, la indigna. Usó como lápida su torpe apreciación. No dudo que el influjo del alcohol contribuyó a tan errado juicio.
Cuando Martha salió del baño, por nuestras caras dedujo que algo extraño había sucedido ... Cuando le explicamos la absurda pose en que nos encontrábamos cuando su padre atinó a entrar, palideció: conocía de sobra la severidad del juez.
Retornamos a la sala, trémulos aún de verguenza, sintiendo el peso de una injusta duda sobre mi frágil inocencia. Sentía que todo el mundo me miraba... había perdido una dignidad que aún no sabía que tenía. Según el juez y su séquito social, ya no era virgen, aún cuando ni siquiera sabía que para ser mujer tendría que perder la virginidad ... y yo me aferraba con fuerza a una virginidad que no sabía dónde se guardaba.
Nunca más volví a la casa de Martha Benitez ... Esa fiesta siempre quise olvidarla y sin embargo se repetía como pesadilla recurrente en mis mas negras noches. Durante años, la sombra de una culpabilidad sin presunción de inocencia me acompañó. Pero también se empañó mi fé en la justicia.
Algunos años después, cuando al fin perdí la virginidad ... y recordé esa mueca de reproche que con el Juez me condenó, una sonora carcajada me estremeció. Mi pareja sonrió complacida, suponiendo que era la felicidad recién encontrada en mi primer orgasmo.
¿ Cómo desilusionarlo ? ¿ Cómo explicarle que acaba de entender que la dignidad de una mujer no se rasga tan fácilmente como a un himen ?
Hace poco han demolido la abandonada mansión del Honorable Juez Benitez ... dicen que por las noches, por sobre los escombros se oye golpear un mazo llamando al orden... A lo mejor, justicia si hay.



