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Home Mascarón de proa Mamá de Papel

Mamá de Papel

 
Sólo recuerdo el barullo que había a mí alrededor. Las voces reclamando comida, ropa limpia, casa aseada. Sí, recuerdo que estaba doblando la ropa de los niños sobre la cama de Sebastián (el menor) y sentí un ligero mareo. No le di importancia, no era la primera vez. Recuerdo también cuando Alfonso, mi esposo me preguntaba al llegar a casa sobre el menú de esa noche. Recuerdo cuando Marcela, mi hija mayor me había dicho que yo era tan sólo una mamá de papel, mientras ella ponía a volumen infernal el CD de Silverchair.

Me veía a mi misma como un robot perfectamente programado: "Levántate, prepara el desayuno, lava la ropa, ponla en la secadora, plánchala, guárdala, limpia la casa, cocina, ríete cuando se te pida una risa, responde cuando se te pregunta, haz todo lo que quieras, pero no hables de ti, ni sé te ocurra llorar". Esto es lo que yo escuchaba dentro de mí todos los días. Alfonso estaba contento conmigo, mas no como mujer, sino como un robot. Un robot que también sabía llevar muy bien las cuentas de la casa. Era un perfecto ser para ellos, pero no para mí misma. Yo me estaba secando por dentro. Había perdido prácticamente todo lo que un ser humano puede tener: "Amor y respeto a sí mismo"

Todo los que les digo, es una sipnosis de lo que acontecía en mi rutinaria vida. Hasta que un día decidí no hacer nada, empecé por no levantarme temprano. Escuchaba las voces de Alfonso, Marcela y Sebastián murmurando entre ellos. Alcancé a oír cuando Alfonso dijo: -Su mamá debe estar enferma, dejémosla dormir. Los chicos prepararon su desayuno, mientras Alfonso terminaba de acicalarse para ir a la oficina. Al cabo de una media hora, escuché cerrarse la puerta.

Ellos se las habían arreglado solos. Pero ninguno se dignó a ver si yo necesitaba algo, y ni siquiera recibí un beso matutino, ni el filial, ni el marital. Traté de levantarme, pero me sentía liviana, tan liviana como una pluma. Traté de incorporar mi cabeza para verme a mí misma, pero nada. A duras penas me levanté justo cuando un ventarrón entró por la ventana semiabierta de mi cuarto (por el calor la dejábamos así). Me paré, pero me doblaba o lo peor de todo... bailaba al compás del vientecillo que dirigía ahora mis movimientos. Afortunadamente en un momento dado pude verme frente al espejo. Era increíble lo que veía reflejado: mi cuerpo era un perfecto calco de mi. No había volumen. ¡Era una mamá de papel! Mi problema ahora era cómo le hacía para salir de ese estado incongruente. Estaba mareada de tanto volar arriba y abajo, cayéndome, parándome. Traté de que el viento pudiera dirigirme nuevamente a mi cama. Me costó trabajo, pero finalmente me chorreé al borde de ella.

No sé cuanto tiempo permanecí inmóvil, semidoblada en el vértice de mi cama. Pero si sé que fue el tiempo suficiente como para darme cuenta que había vivido una vida de mentiras. Evoqué todos los juramentos que me hice cuando joven. Las metas que me había trazado. Lágrimas empezaron a rodar sobre mi rostro de papel.

La puerta de la casa se cerró tras la llegada de Alfonso, Marcela y Sebastián. Escuchaba tristemente sus conversaciones.

--¿Qué raro que todo esté en desorden?- dijo Alfonso.

--Seguro que mamá se ha quedado dormida o tal vez fue a la calle y aún no regresa, dijo Sebastián.

Marcela, prendió el CD Player y puso su CD favorito.

Yo quería gritarles desde mi cárcel de papel. Esperaba pacientemente que se dignaran a entrar a mi dormitorio. Tal vez Alfonso entre primero.

Alfonso entró al cuarto, y al verme (mejor dicho al ver mi silueta de papel) llamó a los chicos: ¡Marcela, Sebastián, vengan a mi cuarto!

--¿Qué es esto? preguntó Marcela.

--Una broma de tu mamá, respondió Alfonso.

Pero Sebastián al acercarse y ver mojado mi rostro de papel dijo: Seguro que mamá ha estado llorando sobre su propio dibujo. Pero me pregunto ¿Qué sentido tiene que nos haya dejado una silueta de ella misma?

--Lo único que sé, dijo Alfonso, es que hoy no habrá comida, y tendrán ustedes que arreglar la casa.

--Papá ¿Qué hacemos con ese dibujo? preguntó Sebastián.

--Ponlo en el closet. Tengo hambre, vayamos a comer pollo a la brasa.

Todos se fueron. Yo estaba apretada. Ni siquiera me colgaron. Estaba doblada, tenía el estómago en mi boca. Me convencía a mí misma que ellos estaban ajenos a lo que me sucedía. No tenía cómo decirles que esa mamá de papel era yo.

Pasaron los días. Alfonso había dado parte a la policía sobre mi supuesta desaparición. Nadie pudo darles razón de mi paradero. Al cabo de un mes, Sebastián lloroso me sacó del closet y me planchó suavemente (sentía como su manita me daba calor a través de la plancha), y me pegó en la pared junto a sus estrellas: Tom Cruise, Brad Pitt.

Escuchaba a los tres sus conversaciones. Ya se habían olvidado de mí. Habían contratado a una cocinera, Edelimira, quien también se encargaba de la limpieza, incluyendo el lavado y planchado de la ropa. A veces esta buena señora me miraba y decía: "Ay señora, que odioso es este trabajo. Pero tengo que hacerlo, para eso me pagan". Yo quería gritarle que estaba viva, que estaba encerrada en esta silueta de papel. Pero no había forma de hacerle llegar mis palabras. Mas una lágrima se me escapó.

--¡Ave María Purísima la silueta ha llorado!- la buena mujer empezó a repetirlo una y otra vez, hasta que sus palabras se convirtieron en gritos histéricos, mientras que más lágrimas mías corrían por mis mejillas de papel.

Alfonso y los chicos entraban a casa, mientras que Edelimira desfallecía ante mis lágrimas.

-- ¡Por Dios, ¿qué gritos son esos Edelimira?, dijo Alfonso.

-- Señor Alfonso, la silueta de la mamá de papel está llorando, ¡llorando! Por Dios se lo juro, está llorando.

Marcela tuvo que darle un vaso con agua de azahar a Edelimira. La pobre mujer no estaba en su juicio.

Sebastián se acercó lentamente a la silueta y exclamó asombrado. ¡Pero ha llorado!

Alfonso se encaminó hacia la silueta. Mamá de papel se había amalgamado casi con la pared. Con la ayuda de sus dos estupefactos hijos, despegaban cuidadosamente la figura de cuyos ojos borrosos salían profusas lágrimas. Un aroma a rosas invadía la habitación.

Durante la delicada operación, no pudieron evitar que se rompiera y quedaran partes del mismo en la pared. Juntaron todas las piezas y lo que no recuperaron lo dibujaron. Terminada esta triste faena, extendieron la silueta sobre la cama. Se miraron uno a uno entre ellos, con las mismas interrogantes: ¿Qué hemos hecho, qué pasó, por qué?

Eledimira se asomó al dormitorio. Se detuvo en el umbral de la puerta, llevándose al mismo tiempo las manos a su rostro y balbuceando: "La silueta ha vuelto a su sitio. Sólo que ahora, en su rostro se dibuja la sonrisa más dulce que alguna vez pueda haber visto".

Alfonso, Marcela y Sebastián miraban incrédulos la pared, donde nuevamente estaba mamá de papel. Los tres miraron donde la habían puesto, y en la cama sólo había los papeles que ellos usaron para componer a mamá de papel. ¡Ella estaba allí, sonriente, feliz... pegada a la pared!

En actitud paranoica, Alfonso se encaminó a su cuarto. Sacó uno de los vestidos de ella, regresó al dormitorio y se lo colocó prendiéndolo con alfileres. Sebastián en similar comportamiento al de su padre, buscó un par de zapatos de mamá y los colocó sobre una caja de cartón, de tal manera, que coincidió con el nivel de los pies de mamá de papel. Marcela, finalmente le agregó un collar en el borde del cuello del vestido, sujetándolos con unos imperdibles.

Edelmira, cabizbaja ante la reacción de los tres, salió del cuarto en busca del rincón más solitario de la casa.

No había respuesta para este hecho insólito. Sólo aquél olor fragante de rosas, era el testimonio de que mamá estaba allí... dentro de esa silueta de papel, es decir... ¡Yo misma!.


Amparo Tello
Lubbock,
Enero 22, 1997
 

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